Skip to main content

Full text of "Manuel Rogelio Tristany 1866 Don Juan Diaz De Solis"

See other formats


DON JUM DUZ DI SOEIS 

Ó EL 

DESCUBRIMIENTO 


DEL RIO DE LA PLATA 

DRAMA HISTORICO “CABALLERESCO EN 
TRES ACTOS Y UN PROLOGO. 

Representada con estraordinario aplauso en el 
Gran Teatro de Solis de Montevideo , en las 
noches del 13 y IT de Setiembre de 186'5 


SU AUTOR 

M. «Evtetang* 



U862.2 

T838d 


-"■IDEO 

LO, c -^lle Zavalv 156. 


6 6 



Es propiedad esclusiya del Autor. 



Al Dor. D. Alejandro Magariños Cervantes, 

DISTINGUIDO LITERATO ORIENTAL. 


Estimado amigo : 

Grato es para mi colocar al frente de esta obra 
el nombre de un escritor americano, honra de su 
patria , en muestra de gratitud pública d la Nación 
Uruguaya en que he residido tantos años, y parti- 
cular al literato que me dispensó sie >¡pre su fra- 
ternal amistad y protección. 

No es culpa del generoso pueblo oriental, si mis 
opiniones monárquicas , aunque liberales, y mis de- 
beres de familia y origen, limitaron los elementos 
de bien estar para mi; tengo la convicción que al 
naturalizarme aqui, obtendría cuanto se puede con- 
ceder ü un ciudadano legal. 

Al contraer compromisos sagrados y cumplirlos 
durante doce años , renunciando d los derechos po- 
líticos que me acuerda el generoso Código funda- 
mental de la República y que hubieran hecho me- 
nores los afanes de un padre de numerosa familia, 
abriéndome varios caminos en que utilizar mis co- 
nocimientos; creo haber dado una prueba de la 
firmeza de mis opiniones y de la solemnidad de 
mis deberes para con los mios. 



— IV 


En Y. encontré siempre el Juez benigno para 
mis trabajos literarios y el guia, en unión del sábio 
Doctor Acevedo, que tuve en mis estudios sobre la 
legislación y el trámite de los Tribunales de la 
República; en la que tanto se me distinguió siempre. 

¡Cuan grato me será manifestar esto d la faz 
de la Europa! 

Montevideo y la infortunada Mendoza, bajo cu- 
yas ruinas vi á mi inolvidable amigo y protector 
el Doctor Don Martin Zapata , son nombres que es- 
tán gravados en mi corazón con los indelebles ca- 
racteres de la gratitud, y que haré bendigan mis hi- 
jos, si la suerte los lleva con su padre á Europa. 

Acepte caro amigo esta dedicatoria como una 
muestra del fraternal afecto que le profesa 

M. R. Tristany. 


Montevideo, Abril de 1866. 




prologo. 


PERSONAJES. ? - 

SALO'IS, jó ven hebrea. 

SARA) anciana esclava» 

D. RODRIGO DIAZ. 

BEN ZACJÜHT, sábio hebreo. 

FO RTEN SANCHEZ DE ATALOS» 
ZURRI, moro esclavo. 

Hébreos, embozados y soldados. 


¿a acción iiene lugar durante el primer Cuadro en 
la casa de Ben Zacuhten Sevilla, en el año 1475, 
y en el segundo Cuadro en el Castillo de Lebrijá , 
perte necicnte o D. Rodrigo Díaz, el año 1483. 



CUADRO I. 


Salón morisco adornado con divanes , alfombras y 
lámparas. Puertas laterales practicables. En el 
fondo arcos árabes de una galería y vista á un 
patio con jardín. A la derecha en primer término 
una ventana con celosías. Es de noche. 

ESCENA I. 

Salomé y Sara. 

Sar. — Cuan triste es nuestra existencia ea Se- 
villa. ... En Toledo, pascábamos por las ori- 
llas del Tajo; y algunas noches llegábamos 
hasta la plaza de Zoeodover tapadas con el 
manto. Desearía que dieramos pronto la 
vuelta para Toledo. ¿Y vos señora? 

Sal. — Yo quisiera mejor, no haber venido nun- 
ca á Sevilla. . . . 

Sar . — Os comprendo. El capitán D. Bodrigo 
Diaz ha interesado vuestro corazón y esto os 
hace padecer. . . . 

Sal . — Si, Sara. Me hace sufrir infinito la conti- 
. nua lucha que sostiene mi altivez con mi co- 
razón. La una me aconseja no dar oídos á 
las palabras del caballero cristiano y olvi- 
darlo; en tanto, que el otro palpita sin cesar 
por él. 



— 4 — 


Sar — Pero señora; yo creo que si el caballe- 
ro os ama, no hay gran mal en que le corres- 
pondáis. . . . 

Sal. — ¿Tu olvidas que Don Rodrigo es noble j 
cristiano; en tanto que yo soy una hebrea, 
hija de un desgraciado á quien hizo ahorcar 
el Duque de Medina Sidonia? (llora). 

Sar. — Todo el mundo sabe, que el Duque acusó 
á vuestro padre de latrocinios, que no co- 
metió, para apoderarse de sus riquezas. . . . 

Sal. — Veinte años fué su tesorero y al fin. . . . 
(afligida). 

Sar. — Desechad penosos recuerdos. 

Sal. — Mi tío Ben Zacuct se propone tener una 
conferencia con Don Rodrigo para que le sir- 
va en sus planes políticos. 

Sar. — Yo no dudo que el valiente caballero se 
prestará gustoso; pues de ese modo conse- 
guirá entrada en esta casa y os verá con fre- 
cuencia. 

Sal. — Hace poco vi á mi tio darle un mensaje 
á Zimri para el capitán invitaudolo á una 
conferencia aquí y esto me tiene cavilosa. 

Sar. — ¿Porqué razón? 

Sal. — Porqué talvez piense Don Rodrigo que 
tengo alguna parte en el asuuto y juzgándo- 
me una intrigante me desprecie. 

Sar. — No lo temáis. 

Sal. — Tu cariño te ciega, pues no soy mas que 
una humilde hebrea. . . .(con pena) 

Sar. — ¿Quisierais haber nacido cristiana? 



— 5 — 


Sai . — Quisiera haber nacido cristiana y noble 
para llegar á ser esposa de Don Rodrigo. 

Sar. — (Aparte) Sí ella supiera. . . . 

Sal — No debo abrigar esperanza. . .'. 

Sar. — (Aparta) Yo haré que sea dichosa) Si me 
permitís señora quisiera ir hasta cerca del 
Alcázar. 

Sat. — Vé y no tardes. ( Vase Sara.) 

* 

ESCENA II. 

Salomé. 

Ahí triste de mi!. . porqué habré dado 

entrada en mi corazon'al amor hacia un ca- 
ballero cristiano noble y rico, que talvez 
me ame por capricho y que mañana me ol- 
vidaré ¿Que somos hoy los hebreos en 

Bspafin? — una raza proscripta y condenada 

á la humillación y al desprecio o : go 

hablar miraré por la celosía (m : . ■<<). 

Zimri le da un mensaje ¡i Don Rodrigo y e. 
te lo lée á la los del farol que alumbra el 

Cristo que está eu Ja esquina ya se 

dirije aqui ¿que haré? 

ESCENA III. 

Dicha y Don Rodrigo. 

Don Rod. — Paréceme señora que estoy siendo 
juguete de un ensueño, al verme en vues- 
tra presencia. 

Sal — Caballero 



— 6 — 


DonRod. — Necesito que vuestra voz lo afirme 
para creerlo. .. . 

Sal. — Permitidme señor que me retire para 
dar aviso á mí tio de vuestra llegada. 

Don Rail. — Deteneos señora un instante.... - 
Yed si tenia razonen deciros que creía es- 
tar soñando; pues que mas triste despertar 
que saber os soy odioso, cuando al verme 
huís de mi? 

Sal.—* Sois injusto caballero; pues hago justi- 
cia al mérito que os distingue; pero es tan 
grande la distancia que os separa de la hija 
del infeliz Salomón Uen-Xuza, que no debeis 
estraüar rehúse corresponder á vuestro 
amor, mas por sobra de a!li\cz que por falta 
de estimación á vuestra persona. ... adiós 
cabaPero. 

Don Rocl. — Cruel Salomé. . . .¿os alejareis $in 
decirme una palabra que anime mi esperan- 
za? 

Sal. — Olvidadme; y sabed que hay quien su- 
fre mas que vos. . . . (Vtíse.) 

ESCENA IV. 

Don Rodrigo. 

Si es hebrea esta mujer es un prodigio, porqué 
jamas vi dama, que pueda compararse ¿ella. 
Vive Dios, que su mirada y el brillo altivo 
que la inflama, la magestad de su porte y su 
ademan bien podrían enorgullecer á la mas 





bien nacida Castellana. Lo cierto es qne se- 
rá mi esposa, y lo noble dé mi linaje cubri- 
rá la oscuridad del suyo. .. .Veamos que 
pretende de mi el astuto hebreo Samuel 
Ben-Zacucht. . . .El mensaje en que me pi- 
de una entrevista no es muy claro. 

ESCENA V. 


Don Rodrigo y Ben-Zacuht. 


Ben-Zac . — Os saludo noble caballero y os agra- 
dezco honréis mi casa, pues como os dije en 
mi mensaje debeis disculpar el que en vez 
de ir á buscaros 


Don BoJ. — Ls iuútil os disculpéis, pues encuen- 
tro muy razonable, que teniendo que tratar, 
según decís en vuestro mensaje, asuntos de 
alca importancia, os haya parecido poco se- 
guro el alojamiento de un soldado en el cual 
las paredes pueden ser indiscretas. ..... 

Bcu-Za c . — Decís bien, señor capitán 

Don Bod . — Se lo espero tengáis á bien decirme 
lo que pretendéis de mí. 


Ben-Zac . — Sé que sois un cumplido caballero y 
no dudo que me daréis palabra de guar- 
dar secreto sobre lo que voy á proponeros, en 
caso de que no queráis prestaros á ello. 

Don Bod. Hablad con entera confianza, pero os 
prevengo que sí se trata de algo contrario á 
mí Dios 6 ú mi Rey, haréis mejor en callar. 

Ben-Zac. Precisamente se trata de que pres- 
téis servicio al Rey. 



— 8 — , 


Don Rod . — El Rey? 

Ben-Zcic. —Si, el Rey. 

Don Rod . — Pero cuál? 

Ben-Zac . — El Rey Don Enrique, porque el de 
Aragón aun no puede llamarse Rey de Cas- 
tilla, y vos sois castellano. 

Don Rod — Por Santiago que sí! dadme oro bas- 
tante y os ofrezco que en pocos dias tendré 
mucha gente dispuesta á proclamar á Doña 
Juana heredera del trono, contra las maqui- 
naciones del de Aragón. 

Ben-Zac . — ¿Os olvidáis del duque de Medina 
Sidonia? 

Don Rod . — No por cierto, si sale de su niuo de 
buitres ; apesar del Rey de Aragón lo colga- 
rémos. 

B-Zac . — Pero no dejeis en olvido la prudencia. 

Don Rod . — Perded cuidado: en cuanto á las ar- 
mas yo haré que Padul el Armero de Triana 
acopie las que se puedan necesitar. 

j Ben-Zac . — Luego os entregaré diez mil duca- 
dos; los cuales voy á buscar en casa de un 
amigo, y si volvéis después de hablar con el 
armero, os los entregaré. 

Don Rod . — Pronto daré la vuelta. 

Ben-Zac . — Al regreso os presentaré aquí algu- 
nos de mis hermanos que espero para confe- 
renciar. 

Don Rod. — Vamos. (Talvez logre volver á verla,) 





— 9 — 


ESCENA VI. 

ZlMRI. 

Por Mal-orna, que necesito contener el furor de 
mi alera, calmándola con la idea de mis fu- 
turas venganzas.. . . Cristianos y hebreos. . . 
razas malditas ! no comprendéis lo que un 
africano sabe guardar bajo la apariencia de 
la insensibilidad Para vosotros un mo- 

ro esclavo no es un hombre, y sin embarga 
le dejais que sorprenda vuestros secretos y 
le permitís que tenya siempre á la mano un 
puñal para heriros con él cuando menos lo 

penséis Yo he jurado por la mezquita 

delProfeta saciare! odio que llena mi cora- 
zón con el espectáculo de vuestro estermi- 
Hiel 

ESCENA VIL 

Dichos y Foutun Sánchez. 

F. Saich . — En que piensa el tigre moro? [Colo- 
cando lina mano en el hombro de Zimri). 

Zim. — Señor Fortun ! [Sacando el puñal sorpren- 
dido y reconocí, 'adule lo (ja arda). 

F. Sanc'i . — Guarda tu puñal 

Zim. — Mabcis entrado tan sigilosamente que se 
conoce estáis ducho en el arte de conspirar 

F. Saaclt . — Nb estas equivocado Zimri. En es- 
tos tiempos, para medrar se necesitan tres 
cosas : buenos ojos y oidos, una ancha con- 
ciencia y una buena espada. 



— 10 — 


Zim. — Tengo grandes noticias que daros. 

F. Sanch . — Habla ; doblas tengo para recom* 
pensarte. 

Zim . — Dentro de poco tiempo deben, reunirse 
aquí varios hébreos, para convenir en pres- 
tará D, Enrique seiscientos mil ducados que 
les ha pedido este, para los gastos de la 
guerra que se propone declarar al Rey de 
Aragón. 

F. Sanch. — Hola ! sigue 

Zim — Ben-Zacuth ha logrado ganar al capitán 
D. Rodrigo Diaz, para que este se alce en Se- 
villa proclama udo heredera del trono á Doña 
Juana. 

F. Sanch. — Por Barrabás, que están locos! ¿Aca- 
so piensan que el Duque de Medina Sidonia 
les dará tiempo para tanto? 

Zim. — Quien sabe Ellos cuentan con el 

de Portugal. 

F. Sanch. — Toma Zimri. (T.e ú ! v.n bolsillo.) Ten 
por seguro que las doblas de mi señor re- 
compensaran tus servicios. 

Zim. — Ya sabéis que yo aborrezco á los hé" 

breos J^a causa que me impulsa contra 

ellos, es negra como la noche y sombría co- 
mo mi corazón. 

F. Sane. — Bien Zimri; á ti te anima un deseo de 
venganza negro como tu ; y á mi la espe- 
ranza de calzármelas espuelas de caballero y 
fundar un feudo con las dadivas del Duque 
mi Señor Me retiro antes de que lie- 



— li- 


guen los hebreos, pero he de volver mas 
tarde ( váse ). 

Zim. — Os aguardo. 

ESCENA Y1II. 

ZlMRI Y DESPUES LOS HEBREOS. 

Zim . — Algún plan siniestro ha formado el es- 
cudero del Buque. .... .si el supiera el mó- 
vil que me impulsa no me ofrecería oro. 
contribuyendo á que los cristianos sacien 
mutuamente sus venganzas logro yo la 
mia! 

( Aparecen los hebreos, Zlmri sale d su encuentro). 

Zim . — Mi señor os aguarda y tengo orden de 
conduciros al salón; seguidme. 

(Entran Zimriy los hebreos). 

ESCENA IX. 

Sara, despees Zimri. 

Sar. — En vano caminé, pues D. Juan de Solis 
he sabido que partió para Lisboa y tendré 
que esperar su regreso para decirle que su hi- 
ja no ha muerto. . . .Infeliz Búa. Luz! yo haré 
la felicidad de la que me confiaste revelando 
á su padre el secreto de su existencia.... 
aqui tengo una tira de vitela con algunas 
palabras de Búa. Luz que me servirán para 
probar que Salomé no es hébrea 

Zim. — ¿Ya estáis de regreso? 



— 12 


Sar — Si, Ziifirl.Te encargo qne cierres las puer - 
tas, pues la noche está avanzada^ no deben 
descuidarse las precauciones, (vase Sara). 

Zim. — Así lo haré. 

ESCENA X. 

v 

ZlMRI, DESPUES FORTUK SaüíCHEZ Y EMBOZADOS. 

- 

Zim. — Estuve escuchando la conferencia y to- 
dos los hebreos están conformes en prestar 
á D. Enrique los seiscientos mil ducados. 

¡ [Entran Fortun y Embozados). 

F. Sanch. — Marchad con cautela. Tu Zimrí, con- 
duce á estos al salón en que están reunidos 
los hebreos (yo voy én busca de la paloma) 
{aparte.) Vosotros seguidme. (A unos embo- 
zados). 

Zim. — ¿Que intentáis? 

F. Sanch. — Guia pronto, y silencio. . . . 

(Entran Zimri y unos embozados por la derecha 
y Fortun y los otros por el fondo , también dere- 
cha. Durante unos instantes q >eda la escena 
sola y se oyen las tres campanadas de la Que- 
da, y al mismo tiempo a y es y clamores en el 
interior. A poco salan embozados llevando bol- 
sas y pequeños cofres, que se suponen de di- 
nero, y aparecen Fortun y embozados condu- 
ciendo ci Salomé). 



ESCENA XI. 

Eortuií, Salomé y embozados, después 
Rodrigo y soldados. 

Sal . — Matadme y no me ultrajéis! 

Fort .— Arrimad la lítela. 

Sal . — Dejadme por el Cielo! 

Fort . — Hebrea ven! 

Sal . — Socorro D. Rodrigo! 

(Aparecen D. Rodrigo y soldados, Fortnn huye 
deja á Salomé)* 

D. Rod .— Llegué á tiempo, vive Dios! 

Fort .- — Maldición !!! (huye.) 

Sal. — Ah! D. Rodrigo. . . . (Se abrazan )* 


FIN DEL CUADRO. 




CUADRO II 


DECORACION. 

Sala de armas del castillo gótico de Lebrija, adorna - 
dason trofeos, retratos de guerreros, una gran 
ruma con candelabro y bujías encendidas y algu- 
nos sillones. En el fondo un gran arco de entrada 
d la capilla, la cual se verá iluminada. A la de- 
recha tres puertas practicables. A la izquierda 
una galería. Es de noche. 

ESCENA I. 

i 

Pero Perez y Ben-Zacuth. 

Ben-Zac. — Verdaderamente señor Escudero, 
que la muerte de Sara y la de los demas he- 
breos asesinados por orden del Duque de 
'Medina Sidonia, fue cumplidamente vengada 
por D. Rodrigo. 

P. Per . — Llegasteis con mi señor oportuna- 
mente; en los momentos en que Sara espira- 
ba; sin esto aun seria tenida por hebrea mi 
señora, pues el secreto de su nacimiento se 
habria sepultado con la esclava. 

Ben-Zac . — Tal cosa se propoudria la duquesa. 



16 — 


Candando sin duda á Fortun para que ma- 
tase á Sara. 

P. Per . — Supo D. Rodrigo lo que pasaba en 
vuestra casa y reunió los suyos llegando por 
fortuna á tiempo para libertará mi señora, y 
después asaltamos el palacio de Medina Si- 
donia en donde mi señor se batió con el Du- 
que matándolo de una estocada. 

Ben-Zac . — ¡ Noche cruel fué aquella ! 

P.Per . — Olvidé sus' pesares con las bodas de 
mis señores que se efectuaron en este casti- 
llo con el benéplacito del Rey y de D. Juan 
de Soiis. 

Ben-Zac . — Habríamos todos s‘do muy felices 
si el primer hijo de Don Rodrigo no hubiera 
desaparecido tan misteriosamente, ocasionan- 
do esta desgracia una pesadumbre, déla que 
aun no podemos consolarnos. 

P. Per . — Voto á bríos! Que si pudiera devol- 
ver á mi señora su hijo, daría gustoso los 
años que me quedan de vida, pero todas las 
indagaciones han sido inútiles. El niño de- 
sapareció una noche tempestuosa de su le- 
cho sin dejar rastro akuno. 

Ben-Zac . — No dudéis que ese rapto fué obra de 
la Duquesa de Medina Sidonia. La perversa 
muger necesitaba una venganza y eligió la 
mas cruel, pues robar á unos padres su pri- 
mer hijo es para ellos mas doloroso que la 
muerte. 

P. Per . — Ocupados en la guerra no hemos po- 
dido estender las indagaciones; pero afor- 



— 17 — 


lunadamente ha concluido, y yo he de bus* 
car modo de aproximarme al Castillo de 
Medina Sidonia para descubrir el paradero 
del joven D. Juan. 

Ben-Zac . — La política de los Reyes Católicos 
pacifica el Reino, y pronto será fácil obte- 
ner algunos indicios que nos guien. 

P . Per. — Hace tiempo que la Duquesa de Me- 
dina Sidonia no nos manda espias como an- 
tes solia hacerlo, á los que nosotros colgá- 
bamos de una almena, como hicimos con 
aquel perro moro que tomamos algunos dias 
antes de la desaparición del niño 

Ben-Zac . — Sin embargo bueno es que estemos 
prevenidos; teniendo enemigos tan pérfidos 
y tan poderosos. 

ESCENA II. 

Dichos y Zimri por la galería. 

Zim . — Un peregrino que viene de Santiago de 
Compostela, ha llegado á la puerta del Cas- 
tillo, solicitando hospitalidad por esta noche 
con motivo de la tempestad que amenaza. 

P. Per. — Hazlo entrar y condúcelo aquí, (se re- 
tira Zimri ) — 

escena m. 

Dichos, Fortun disfrazado de Peregrino 
y Zimri. 

Ben-Zac . — La peregrinación á Santiago de 

2 



— 18 - 


Compostela no ha disminuido con el trans 
curso de los años, y sin embargo, hace tiem- 
po que no hemos visto llegar por aqui pere- 
grinos. 

Per. Per. —Yo me alegro de la venida de este, 
pues como vivimos encerrados en nuestra 
fortaleza, carecemos de noticias, y el pere- 
grino podrá darnos algunas de los Reyno s 
de León y de Castilla. 

( Entran Fortun y Zimri, y este se retira). 

Fort. — El Apóstol Santiago, premie la hospitali- 
dad que me concedéis en esta mala noche. 

P. Per. — Sentaos hermano y descansad. (Se slen-- 
tan). En el castillo de D. Rodrigo Diaz, halla- 
reis la hospitalidad que nos impone como de- 
ber la religión que profesamos, y dentro de 
poco podré presentaros á mis señores, pues 
o : go que ya sedirijen á esta Capilla. 

JSen-Zac. — (Aparte). (No me agrada el pere- 
grino). 

P. Per. — ¿Hace mucho tiempo que salisteis de 
Santiago? 

Fort. — Hará unos seis meses. Habiendo sufrido 
una grave enfermedad; hize voto de ir á . vi- 
sitar el Santuario de Compostela, si de ella 
me restablecia ; y esa es la causa de mi pe- 
regrinación. 

P. p er% — Nosotros vivimos en nuestro Castillo 
esperando con impaciencia el dia en que se 
nos haga marchar contra los moros de Gra- 
nada; pues ya es tiempo ¡vive Dios! de que 
España lave la afrenta que debió á la trai- 



— 19 

cion del Conde Don Julián, arrojando á los 
moriscos de su suelo. 

Ben-Zac . — Aquí llegan los señores. 

ESCENA IV. 

Dichos, Don Rodrigo, Doña Juana y séquito. 

P. Per. — Señor, si me permitís os presentaré á 
este peregrino á quien he dado hospitalidad 
por esta noche, contando con vuestro bene- 
plácito. 

Don Rod . — Has hecho bien mi fiel escudero, 
pues sabes que tu señor se complace en 
cumplir con los deberes de cristiano y ca- 
ballero. 

Fort . — El noble D. Rodrigo Diaz jamas recibió 
en su Castillo un peregrino que sepa apre- 
ciar mejor que yó las gracias que se le dis- 
pensen. 

Don Rod . — Conócese por el ademan que el pe- 
regrino es noble 

Fcrt . — De tan buen solar como el del Cid, aun- 
que sabéis que el sayal impone al peregrino 
la humildad como penitencia. 

Don Rod . — La discreción es el primer deber 
que al caballero exije la hospitalidad, haceos 
servir como si estuvierais en vuestro mismo 
hogar, pues noble ó plebeyo sois por esta no- 
che huésped en mi castillo. 

Doña Juana . — Es la hora señor peregrino en 
que acostumbramos cumplir con los deberes 



— 20 — 


religiosos de la noche y os invito á que nos 
acompañéis ála capilla; si os place 

Fdrt . — Alta y poderosa dama, en ello me hon- 
ráis realizando mis deseos. 

Don Rod. — Vamos. ( Entran todos en la Capilla.) 

ESCENA V. 

Zimri ( avanza lentamente oyéndose el éco lejano de 
un órgano. 

Heme áqui siempre esclavo Dema- 

siado ha dormido tu venganza Zimri.... 
aun te parece ver la sombra de tu hermano 
Jehú diciendoté con furibunda voz, ¡venga- 
mé hermano mió! ¡vengamé! ( éco del órgano ) 

Jehú era un gallardo mozo La tribu de 

Kahmsin lo admiraba, y Zimri el Señor de 
ella comtemplaba con orgullo al que debia 
ser el mas valeroso guerrero del desierto; 
pero llegó un dia en que los cristianos, sa- 
liendo de sus rocas como una bandada de 
buitres, se lanzaron sobre el Africa y los li- 
bres gimieron en la esclavitud. Oyéndose 
llamar por sus verdugos ¡perros moros! y 
viéndose separados. Jehú deseaba ver á su 
hermano y huyó del Castillo de Alcántara y 
atravesó los bosques ocultandosé de dia y 
caminando con las sombras de la noche, 
[órgano). Oí decir que había sido tomado un 
espia moro, y cuando movido por la curiosi- 
dad fui á verlo, mis ojos contemplaron con 



— 21 


horror el cádaver sangriento de Jehú balan- 
ceándose en las almenas y sirviendo de es- 
carnio á la soldadesca! jAy! con que 

amargura oculté la desesperación de mi al- 
ma en aquel instante! mis ojos no s^ 

cansaban de mirar, conteniendo las lágrimas 
que cual gotas de hiel caían sobre mi cora- 
non! ( órgano ) Era mi hermano, cristianos! Im- 
béciles, no habéis conocido que desde en- 
tonces os acecha el moro como un tigre ham* 
briento, anhelando ¡venganza! venganza (se 
oye un canto religioso y el órgano.) 

Rogad! Rogad! Y tu cristiana pide á tu 

Dios que te devuelvan el hijo que te han 
robado La venganza del moro no es- 

tá satisfecha aun, necesita sangre y ester- 
minio; y lo juro por Mahoma, hermano mió, 
hermano de mi alma, seras vengado! Ya sa- 
len, ocultaré mi turbación eu las sombras de 
las galerías. ( vase .) 

(Salen D. Rodrigo, Pero Pérez, Zacuth, y séquito , 
y atraviesan desde la capilla entrando al inte - 
rior; Fortun sigue detras y queda en la escena.) 

ESCENA VI. 

Fortun después Zimri. 

Fort. — La castellana quedó rezando en la capi- 
lla. Todos se handirijido adentro y yo po- 
dré conferenciar con Zimri. 

Z»m. — ¿Estáis solo? 



— 22 — 


Fort. — Si moro, avanza. 

Uní. — Muchos años han pasado desde eh día- en 
que disteis buena cuenta de los hebreos, 

Fort. — Y hoy como entonces cuento contigo 

0 para llevar á cabo-mis planes. 

Zim. — ¿Con que fin habéis venido ? 

Foft. — Con el de vengar la muerte de mi- Señor 
el Duque de Medina Sidonia. 

Zim. — Yo esperaba que asaltarían este castillo. 

Fort. — Tal cosa no es posible, porqué los Reyes • 
Católicos castigan severamente tales hechos. 
Por esta razón no pudiendo conseguir mi 
Señora una venganza publica, me encargué 
yó de lograr una secreta, contando para esto 
contigo. 

Z¿m. — Aquella puerta dá entrada á un camarín 
desde el cual fácilmente puede llegarse al 
dormitorio del Castellano, forzando un cer- 
rojo pequeño que asegura una puerta de co- 
municación. 

Fort. — ¿Y para la retirada? 

Zim. —Al fin de esta galería hay un torreón que 
comunica al foso por una poterna carcomida 
y mal cerrada. 

Fort.-^ Basta con eso. Forzaré el cerrojo; y 
una vez dado el golpe ganaré la poterna y 
me reuniré con mis gentes que me aguardan 
en el bosque inmediato. 

Zim. — Cliíst gente viene 

Fort. — Retiraté y observa. ( Vase Zimri.) 



ESCENA VII. 

Bortun; después Pero Perez. 

¡Fort. — Gracias al moro daré el golpe, y mi Se- 
flora quedará satisfecha, logrando SU ven- 
ganza. 

P. Per. — Cuaudo gustéis rec ojeros señor pere- 
grino, la cámara que se os ha dispuesto está 
pronta. Venid y la vereis. En ella hizé que 
ante todo os pusieran en la chimenea un 
buen tronco de hencina; y ademas sobre la 
mesa teneis unos fiambres y frutas secas, 
por si os parece reponeros del ayuno. 

Fort. — Gran merced me hacéis con vuestros 
cuidados, señor escudero, y ellos demues- 
tran que sois del solar de un caballero noble 
y cristiano. Vamos. (Vanse por la izquierda.) 

ESCENA VIII. 

Don Bodrigo con un pliego en la mano y 

BEN-ZA CUTER 

Don fíod. — No solo miro en vos el leal amigo 
sino también el sabio consejero. 

Den-Zae. — Después de aquella noche en que 
castigasteis el crimen del Duque de Medina 
Sidonía no nos hemos separado porque pude 
apreciar lo que valéis. .. .. ¡ ¡ 

Don Ilod. — En este mensaje los Beyes Católicos 
me ordenan aprontar los hombres de armas 



— 24 — 


,de mi feudo, y sus Altezas sabiendo que el 
Ducado de Medina no tiene espada que 
mande sus vasallos me nombran gefe de las 
lanzas y ballestas de aquel señorio. Por un 
lado quisiera llevar al cerco deAlhamaá I03 
vasallos de Medina para gloria de nuestra 
causa ; y por otro recelo que la Duquesa se 
considere mortalmente herida en su orgullo 
con la disposición de los Reyes, pues como 
sabéis es mi enemiga. 

Ben-Zac . — Yo creo señor que deberíais hacer 
presente á sus Altezas vuestro recelo y ellas 
con su sabiduría y prudencia determinarán 
lo que juzguen conveniente. 

Don Rod . — Hablasteis como varón esperimen- 
tado y seguiré vuestro consejo. Yamos á la 
Biblioteca para convinar el mensaje en con- 
testación al de los Reyes. 

Ben-Zac . — Os sigo señor. ( Vánse .) 

ESCENA LY. 

Fortun Sánchez ( avanza lentamente oyéndose los 
últimos loques de la Queda y se ven algunos re- 
lámpagos). 

Todo vá quedando en el mas profundo silen- 
cio Dentro de poco llegará el mo- 


mento de realizar mi plan No dije al 

moro todo lo que aquí me trae Cuan- 


do pienso que los Reyes Católicos han íwm- 



_ 25 — 


brado gefe de las lanzas de Medina Sidonia 
al matador del Duque, temo que me falte la 
calma ¡ Ira de Dios ! antes que tal hu- 

millación abrume al feudo en que sirvo, no 
quedará piedra sobre piedra en este Casti- 
llo ! Yo crei que se trastornaba la ra- 

zón de mi señora cuando recibió el mensaje 
en que los Reyes la ordenaban entregase las 
lanzas y ballestas de su feudo á Don Rodri- 
go, tan inmenso furor la acometiera. Sus ! 
Fortun! Tu eres el solo halcón que hay en 
Medina Sidonia y tuya debe ser la presa! 

Alguien llega (Se oculta en la puerta.) 

Es Zimri ! 


ESCENA X. 

Dicho y Zimri. 

Z im . — Todo está en silencio. Pero Perez hace 
la ronda y el torreón y la poterna de que 
os hablé han sido ya visitados por él; Doña 
Juana permanece en la Capilla. 

(¿ Relámpagos y truenos lejanos .) 

Fort . — Don Rodrigo estará ya en su cámara? 

Z im . — Es probable. El castellano se levanta 
siempre con el dia y el toque de la Queda 
lo sorprende en el lecho; no asi Doña Juana 
que acostumbra visitar la Capilla á deshoras 
de la noche, y que suele vagar como un fan- 
tasma por las galerías, cual si temiefj&iRna 
lorpresa ..... 



— 26 — 

'Fort. — Ella ssbe que en Medina Sidonia tiene 
enemigos...... 

Z im. — Por esta vez Doña Juana tendría razon> 
pues la venganza se ha deslizado en el Cas- 
tillo como una serpiente. . . . . . ( Relámpagos .) 

Fort . — Voy á reconocer la puerta de comuni- 
cación’; tú vigila en la galería. [Entra For- 
tun, y Ztmri se oculta .) [Pausa.) 

ESCENA XL 

Ben-Zacuth, y Zimri oculto. 

Ben~ lac . — Se escribió el mensaje para los 
Beyes y entró en su dormitorio D. Rodrigo. 
La tempestad avanza y yo en vano buscaría 
descanso en el sueño, pues me siento agita- 
do por estraños presentimientos. ... [Truéa- 
nos y relámpagos .) Los Beyes Católicos no 
han pensado al dar el mando de los hom- 
bres de armas de Medina á D. Rodrigo, que 
esto equivale á injuriar á la altiva y feroz 
Duquesa, cuya venganza fué sin duda la que 
nos llenó de luto con el rapto del niño. . . . 
Ese peregrino tiene una mirada falaz y me 

ha parecido que disfrazaba la voz. 

Talvez me engañe Por si acaso velaré 

por la seguridad de mis protectores 

[Relámpagos y truenos.) 

Zim. — [Oculto) En que pensará el maldito Judio* 
Pero Perezse dirije á estos lados con los ba» 
llesteros, y si ahora sale Fortun será perdi* 



— 27 — 


do ( Sigue la tempestad. Rumor dentro de 

gritos y ruido de armas). 

Ben Zac. — Que rumor es ese? ( Con sobre salto.) 

Auméntase el rumor y aparecen al mismo tiempo; el 
Peregrino que atraviesa rápidamente desapare- 
ciendo y Doña Juana en la puerta de la Capilla » 

ESCENA XIL 

Dichos, Doña Juana, Don Rodrigo, Pero Pe- 
rez y Ballesteros. 

Doña Juana . — Que rumor! 

Ben Zac. — Señora 

Don Rod. Traición! traición! ( sale ensangrentado 
y descompuesto). 

P. Per. — Acudamos ! 

Doña Juana — Rodrigo mío í 

Don Rod . — El peregrino me hirió con su pu- 
ñal! 

P. Per . — Y el traidor donde está? 

B. Zac . — Huyó rápidamente. 

Don Rod . — Ah ! los reyes. .... .Adiós! 

(Espira.) 

Doña Juana — Ay! Dios! se muere! Esposo mió!- 

P. Per. — Señor!. . . . 

B. Zac . — Ha espirado ! 

Zim . — (Sombra de Jehú! Mira!) 

(Aparte con feroz alegría). 

CAÉ EL TELON. 



PERSONAS 


LA. DUQUESA DE MEDINA SIDONIA. 

DOÑA LEONOR HURTADO DE MENDOZA. 
XIMENA. 

DON JUAN DE TOLEDO (DON JUAN DIAZ DE 
80LIS). 

FORTUN SANCHEZ DE AVA LOS. 

DON FRANCISCO DE TORRES, 

ZIMRI. 

PERO PEREZ. 

JBEN-ZACUTH. 

FRANCISCO DEL PUERTO. 

MARQÜINA. 

ALARCON. 

BALLESTEROS , SOLDADOS , INQUISIDORES Y 
MARINOS. 




ACTO I 


DECORACION. 


Galería del Palacio Real en Santa Fé, que correrá 
por toda la derecha , con gradas , A la izquierda 
dos casas; la primera con jardín y cenador ; en 
la otra casa una gran puerta practicable. En el 
fondo el campamento del ejército . español con al- 
gunas tiendas de campaña y estandartes con la 
cruz por insignia. En la galería del Palacio al- 
gunos sillones, viéndose cruzar por el fondo un 
centinela con la pica de la época. En los pilares 
de la galería y del corredor faroles que se en* 
tenderán al toque de oraciones , 

ESCENA I. 

Don Juan de Toledo y Don FRAnciseo de Ton* 
res, amibos con el uniforme de capitanes de ba - 
llesteros. 

Tol . — Pronto el estandarte cristiano flameará 
sobre los muros de Granada; consiguiendo 
nuestros reyes la gloria de haber redimido á 
Espaüa de la dominación Sarracena; arrojan' 



— 32 — 


do al Africa á Boabdil, ultimo de sus Kalifas. 

Tor . — Anunciase que en breve debe hacer el 
Bey moro entrega de las llaves de Granada, 
y con ese motivo vienen de todas partes 
personas deseosas de presenciar tan solem- 
ne ceremonia. 

Tol . — Durante el camino que traje desde Ma- 
drid, no he dejado de ver literas y ginetes, 
dirigiéndose á esta ciudad, y entre los que 
venian hize relación con un sabio genoves 
y me habló de un Nuevo Mundo, que pien- 
sa descubrir del otro lado de los mares. 

Tor . — Oí hablar de ese hombre y muchos lo 
tienen por loco. 

Tol.— Asi opina el vulgo de todos los hombres 
grandes, cuj o talento no comprende. 

Tor . — Eso de engolfarse en alta mar, es cuasi 
tentar a Dios. . . . 

Tol . — Las palabras del sabio genoves, me en- 
tusiasmaron, apesar de la preocupación en 
que me tenian mis pesares. 

Tor . — He notado, que habéis vuelto de Madrid 
mas taciturno que antes ¿ acaso seguís aman- 
do ála desconocida? 

Tol . — Siempre 

Tor . — Si queréis confiarme vuestras penas, 
puede ser que mi esperiencia os sirva de 
algo. 

Tol . — Si lo haré; pero antes necésitare referiros 
algunos pormenores de mi vida. 

Tor . — Os oiré con gusto, y se hará mas corto 
el tiempo de la guardia que hacemos juntos. 



S3 — 


ToL*~- Fui educado por un hidalgo deAlcántara 
llamado Don Juan de Toledo, el cual me dió 
su nombre, legándome sus cortos bienes 
de fortuna; pero mi nacimiento es descono- 
cido, pues siendo muy niño me entregaron á 
él unos pastores diciendo que me habían ha- 
llado en un bosque. 

Tor. — Raro suceso. 

Tol. — Mi protector me adoptó por hijo, edu- 
cándome cristianamente y me colocó al ser- 
vicio de los Condes de Santaren. 

Tor. — En cuya casa os conocí. 

Tol. — Como sabéis desempeñaba alli el cargo 
de doncel, hace seis años, y una noche tuve 
ocasión de impedir que unos malvados ul- 
trajasen á una dama, cuya litera avanzaron. 

Tor. — Me contasteis el hecho, y recuerdo que 
una de ellas, era según dijisteis, joven y 
hermosa. ¿No tratasteis de averiguar su 
nombre y morada ? 

Tol. — Debía ser discreto, para no faltar al de- 
ber de un caballero, y por esto me limité i 
manifestar mi nombre y condición. 

Tor. — Fuisteis demasiado escrupuloso. . . . 

Tol. — Esperad. . . .Dos dias después recibí una 
banda primorosamente bordada, y con ella 
una tira de vitela, en que decía «si deseáis 
ver á la dama que obligasteis, id al Prado 
del Rocío á pasearos después de oscurecer». 

Tor. — Y fuisteis? 

Tol . — Si; logrando volver á ver á la bella des- 
conocida. 


3 



— 34 — 


Tor . — Y no os dijo su nombre y su morada ? 

Tol . — Supe que se llamaba Leonor, que era 
huérfana y que vivía con una señora muy rí- 
gida, por lo que me suplicó no la compro- 
metiese con alguna indiscreción. 

Tor . — Y bien ¿en que pararon esos amores? 

Tol . — En que la desconocida dejó de ir al Bo- 
cio? y yo persuadido de que ella no estaba 
en Lisboa sentí un vehemente deseo de de- 
jar aquella ciudad y vine á Castilla, en don- 
de merced á la protección de Don Iñigo 
López de Mendoza obtuve el mando de una 
compañía en los Ballesteros de doña Isabel, 
logrando la suerte de teneros por compa- 
ñero. 

7 cr . — ¿Y tuvisteis noticias de vuestra amada? 

Tol . — Hace poco fui á Madrid con un mensaje 
para el condestable de Castilla y una tarde 
vi á Leonor en el Prado de San Gerónimo. 

Tor . — Os doi la enhorabuena. . . . 

Tol . — Señor marino: El hombre siente en si 
cuando comienza la carrera de la vida, un 
malestar intimo que no comprende, y espe- 
ra mitig ir su anhelo entregándose á las es- 
peranzas del amor, ¡mas ay! cuan pronto se 
convence de que este no le ofrece por ter- 
mino sino amarguras y desconsuelos 

Tor — Ciertamente Don Juan, que teneis razón 
al definir los sentimientos que agitan á la 
juventud; la mia también fué borrascosa 
hasta que me lancé en las huellas de la cien- 
cia, dedicando mi vida al estudio, del mar. 



— 35 — 


Tol . — Muchas veces admiré el mar desde las 
cumbres de Gibralíaro y desde las murallas 
de Cádiz, deseando comprenderlo. 

Tor . — Yo lo estudié lanzándome sobre las en- 
crespadas olas en las borrascas y entregándo- 
me á los suaves balanceos en las calmas; ya 
navegando por las costas del Norte, ya por 
los mares de Oriente. EL mar señor es para 
mi lo que una mujer querida para un joven, 
lo que es la libertad para el cautivo. Yo po 
soy feliz sino cuando aspiro sus brisas que 
dan vigor á mis músculos, ni comprendo la 
grandeza del hombre como rey de la crea- 
ción, sino cuando desde el combés de un 
buque venzo el furor de los elementos de- 
sencadenados, con el valor y la inteligencia 
y me siento azotar por las saladas espumas. 
¡Ah! entonces comprendo yo, débil gusano 
déla tierra, que el hombre es hecho por 
un Ser Omnipotente á su í majen y semejanza. 

Aqu ; , entre los palaciegos que miran 

pasar á Colon con la sonrisa del desprecio ó 
con necia conmiseración, quisiera mil veces 
ser mejor, que un hombre, una fiera de lo* 
desiertos ó un águila de las montañas. 

Tol . — Admiré el mar desde que lo conocí, 

(Se oyen pitos y tambores.) 

Tor . — Sin tluda se acerca el Bey, vamos ú nues- 
tro puesto. (vansc.) 



— 36 


ESCENA II. 

Leonor y Ximena, aparecen en el cenador. 

Xim . — Si el capitán supiera que habéis pasado 
toda la mañana detras de la celosía mirán- 
dolo; dejaría de estar triste. 

León . — Solo aquí puedo conversar contigo li- 
bremente; pues adentro siempre hay quien 
escuche lo que hablamos. 

Xim . — Aqui en este cenador, ú la puerta de 
nuestra casa, podéis gozar dé la tarde apaci- 
ble. 

León . — La Reina doña Isabel, quiso que el cam- 
pamento se convirtiera en una ciudad y en 
pocos dias se levantasen palacios y se cons- 
truyesen las casas en que habitan los nobles 
de la corte. 

Xim . — Pero decidme señora, ¿porque no ha- 
céis saber á don Juan que estáis en Sánta 
Fé? 

León . — Ya sabes que vinimos de incógnito so- 
lo por presenciar la ceremonia déla entre- 
ga de las llaves de Granada; pues de otro 
modo no habríamos dejado el castillo de Me- 
dina Sidonia. 

Xim . — Yo creo que pronto terminará la reclu- 
sión de la Señora Duquesa, pues según oí á 
Don Fortun debe volver en breve á la gracia 
de los Reyes. 

León . — El hidalgo aragonés se muestra ¡muy 
amigo de nuestra casa. Dios quiera que no 
lo impulse algún fin secreto. . . . 



— 37 — 


Xim. — Que locura señora. . . .¿Acaso un hom- 
bre tan viejo podrá pensar en amores? 

León. — Yo lo miro con terror sin saber por que. 

Xim. — Es la causa el amor que profesáis á Don 
Juan, y el caballero lo merece por que os 
ama con idolatria. 

León. — No lo quiero yo menos; pero debiera 
olvidarlo. 

Xim. — Porque razón señora? 

León. — Porque eldia menos pensado los Reyes 
ordenaran que dé mi mano á un Ricohome 
de la Corte y tendré que obedecer ó encer- 
rarme en un convento. (Con aflicción). 

Xim. — Animo señora .... Parados que se aman 
dicen que hay un ángel protector, y quien 
sabe si don Juan consegu rá alguna gracia y 
logrará ser vuestro esposo. 

León. — De buena voluntad trocaría mi feudo y 
mi titulo por un pobre mayorazgo, con tal de 
casarme con él. (Sale D. Juan de Toledo de 
la galería). 


ESCENA III. 

Dichos, Toledo, en la galería. 

Xim. — Señora ved allí á Don Juan Cuan 

triste y- pensativo recorre el campamento. 
(Se asoma). 

León — No salgas tanto, pues te verá y querrá 
hablarme 

Xim. — (Apa) te.) (Es lo que quiero). No mira 
para estelado. (Se asoma mas). 



— 38 — 


Léon. — Cuanto diera por verlo feliz. . . . , . 

Don Juan — -Todas mis esperanzas se desvane- 
cen. Concluida la guerra con los moros ¿que 
haré para conquistarme un puesto elevado 
que me acerque á Leonor? 

Xim. — En Madrid, cuando os vió y le dije que 
erais sobrina de la Condesa de Haro se en- 
tristeció mucho. 

Líon. — Pero no le dirias mas? 

Xim. — Me guardé bien desde que así me lo 
habiais ordenado. 

León. — De modo que el no sabe que soy la he- 
redera del ducado de Medina Sidoma. 

Xim. — Sabe solamente que sois una dama prin- 
cipal, y me pesó mucho habérselo dicho. 

Donjuán. — No sé adonde dir : girme, pues no 
hay en Europa guerra empeñada que me 

ofrezca porvenir Solo realizándose la 

empresa ;de Colon podré mejorar de fortuna 
ó ir á sepultar en mares desconocidas mí 

amor y mis infortunios 

Xim. — En vos piensa séñora No lo du- 
déis Se asoma y hace señas ci Don Juan) 

con un pañuelo). 

León. — ¿Qué haces? 

Xim . — Una obra de misericordia 

Don Juan. — Desde ese cenador me hacen se- 
llas con un cendal veamos (se 

acerca). Que miro! Xímena ¿donde esta tu 
señora? 

Xim. — (Aparta las enredaderas). Mirad. 

Don Juan. — Leonor de mi alma! 



Icón . — ¡Don Juan! 

Xim. — Conversen libremente, qne yo avisaré 
si alguien viene hácia aquí. (Entra)* 

ESCENA IV. 

Leonor y Don Juan. 

Don Juan — El dolor pone entredicho en el ha* 
blar, cuando el alma sigue ciega un camino, 
cuyo fin sabe que es la desesperación. . . . 
Seis años h<l que os vi en Lisboa, y contados 
tengo sus dias, pues desde entonces no vi- 
vo, sino cuando logro la dicha de veros. . . 

Bien lo sabéis señora Bien sabéis, que 

no es culpa mia haber puesto la mirada y la 
voluntad tan alto; pues ignoré hasta hace- 
poco t empo que la que amó mi corazón con 
delirio fuera tan alta y poderosa dama, que 
amarla un oscuro soldado como yo, raye en 

locura Desde que tal supe dije a mi 

alma que os olvide y á mi corazón que de- 
je de latir por vos y ambos resisten á mi vo- 
luntad y hacen que el labio tenga siempre 
vuestro nombre envuelto en un suspiro, y 
que la mirada os busque en todas partes. 

León . — Los dos podemos quejarnos de nuestra 
suerte; vos, por que os hizo poco afortuna- 
do; y yo, triste de mi, porque no puedo des- 
pojarme de sus dones . . ; . 

Don Juan. — Creeréis señora, que la idea de que 
algún dia podéis pertenecerá otro me lanza 
en horribles torturas? 



— 40 — 


León. — Ahí no temáis Sabed, que ante» 

que dax* mi mano á otro sepultaré en un 
convento mi desdicha ..... .Pero olvidadme 

caballero, olvidadme y sed feliz 

Don Juan. — Debí nacer con mala estrella 

Vos señora fuisteis la esperanza que animó 
mi horfandad en el mundo é iluminó mi ju- 
ventud; faltándome ella, la vida me es abor- 
recible y solo podré olvidaros y ser feliz 
buscando la muerte ^ 

ESCENA V. 

Dichos yXimetía (sale precipitadamente). 

Xim. — Señora os llaman. ( aparte d Leonor) (La 
Señora Duquesa ha leidoun mensage de los 
Reyes que la entregó don Fortun y os llama.) 

León. — Adiós don Juan 

Xim. — (| Que tristes válgame Dios !) 

Don Juan. — Tan pronto os retiráis! Ved si soy 
desventurado. . . . 

León . — Por última vez os digo adiós caballero 
y olvidadme. 

Don Juan. — Pues nos separan imposibles seño- 
ra, me alejaré de vos para siempre, pero 
concededme esta noche unos instantes ; ten- 
ga la dicha de veros y oiros algún tiempo, 
y mañana partiré dirigiéndome léjos de Es- 
paña 

León. — Aqui estaré para la hora de la Queda... 
( Vdse con XimenaJ. 



— 41 — 


ESCENA VI. 

Don Juan, ( dirijese á la galería ). 

Ella prefiere un convento á ser de otro. . . . 
Tanto amor y tanta desventura ! . . Estoy de- 
cidido. Si Colon no realiza su viage iré á Ro- 
das á pelear contra los turcos, buscando una 
muerte gloriosa. No debo permanecer aquí; 
la guerra con los moros concluye con 4a en- 
trega de Granada y los Reyes me darán fá- 
cilmente su licencia. . (Pausa) Si, esta noche 
la veré por ultima vez. . . . ( Recorre la gale- 
ría) . 


ESCENA Vil. 

Dicho, Ren Zacuth y Pero Perez, que salen 

DELA SEGÚNDA CASA. 

Zacuth . — Yo creo señor escudero, que la seño- 
ra encuentre alguna distracción á sus pesa- 
res, presenciando la gran ceremonia que 
debe tener lugar en breve. 

P. Perez . — El ultimo Rey moro de Granada en- 
tregará solemnemente las llaves de la Ciu- 
dad á los Reyes Católicos antes de dirigir- 
se al Al'rica. . 

Ifen-Zac . — Después de ocho siglos los descen- 
dientes de Muza y de Tarif han tenido que 
ceder al constante valor de los iberos. 

P. Per . — Muy animada debe estar la ceremo- 



— 42 — 

fcia Por Santiago, que si no fueran las 

penas que me pesan mas que los años salta- 
na de contento; pero el trájico fin de mi 
ilustre señor 

Zar. — La señora ha venido a Santa Fé acce- 
diendo á nuestros ruegos, pues la desapa- 
rición del niño y la pérdida del esposo han 
sido dos golpes terribles. .... .Si al menos 
hubiéramos podido descubrir algo sobre la 
muerte del heredero de Don Kodrigo 

P. Per . — Sí vive sera un mancebo tan gallardo 
como aquel caballero que se pasea por el 
campamento. 

Z ac . — Ciertamente ( Contemplando á Don 

Juan). 

P. Per . — Por la Virgen de Covadonga , que 
los años me hacen perder el juicio. .Cree- 
réis Ben-Zacuth, ^ue al mirar a ese caballe- 
ro, me parece que tiene gran semejanza 
con mi finado señor, el ilustre don Rodrigo. . 
Ved si habrá mayor locura 

Zac . — Pues yo no sé; pero también padezcoja 
misma alucinación y mientras mas lo mi- 
ro 

P. Per . — Nos acercaremos para verle mejor. , 
(Se aproximan). 

DonJuan . — Estraño destino el mió 

Zac . — Está muy triste y preocupado. 

P.Per. — Vamos, ó yo estoy loco ó ese joven 
caballero es el mismo retrato de mi señor. . 

Zac. — La semejanza es grande. 

Per . — Yo no sé pero al contemplarlo se 



— 43 


me llenan los ojos de lágrimas y quisiera 
llegar hasta él y estrecharlo contra mí co-> 
razón 

Zac. — Su estatura es la ra>sma, igual porte, y 
sobre todo aquel entrecejo altivo * 

P. Per . — Zacuth ¿si será él? 

Z acuth. — El niüo tenia una señal notable* 

P. Perez. — Un gran lunar sobre el muñón de 
la mano izquierda. ... 

Zacuth.— Si pudiéramos verle lás manos. 

P. Perez. — Por el Cid ! No se dirá qua un vie- 
jo soldado vacila como una doncella. . . Yo y 
á entablar conversación con ese caballero. 

Z acuth. — Decis bien. . . Debemos cerciorarnos. 

P. Perez. — Señor caballero. . . (ci Don Juan). 

Don Juan. — ¿Que me quiere el hidalgo ? 

Zacuth. — (La misma voz,) (aparte.) 

P. Perez. — Perdonad... Sois tan parecido á 
mi noble señor Don Rodrigo Diaz, ya finado, 
que al veros no he podido menos que de- 
sear saber vuestro nombre. 

Dqn Juan. — Me llamo Don Juan de Toledo, pa- 
ra serviros, anciano. 

P. Perez — Ah ! también teneis la misma voz 
de mi señor é idéntica mirada. . . Decidnos 
por el cielo, donde habéis nacido ? 

Zacuth . — Sí, decidnos, y perdonad á dos viejos 
el que os importunen, los mueve á ello un 
noble fin. . . . 

Don Juan. — No sé porque me conmueve vues- 
tra pretensión, bien estraüa, por*vida mia... 
Sabed que ignoro donde nací pues fui halla- 



— 44 — 


do en un bosque por unos pastores siendo 
muy niño y estos me entregaron á mi bien- 
hechor don Juan de Toledo. . . . 

P. Perez. —Bondad del cielo ! Es él Zaculh, es 
él !. . 

Zacuth. — Queréis mostrarnos el muñón de la 
mano izquierda ? 

Don Ju^an. — En el tengo un gran lunar. . Mi- 
radlo. . (Se saca el guanlej. 

Zaculh. — Ah I es él ! 

P. Peréz. — Mi señor ! ilustre heredero del feu- 
do de Diaz! Permitid al fiel escudero de 
vuestro padre que os estreche en sus brazos! 

Don Juan. — Anciano, que decis ! 

Zacuth. — Señor, lo que habéis oido es cierto. 

P. Per. — Fuisteis robado del Castillo siendo 
muy niño 

Ben-Zac . — Y en vano os hemos buscado duran- 
te años. 

Don Juan. — Estoy maravillado Y mis pa- 

dres donde están? 

Ben-Zuc. — Venid señor, en aquella casa esta 
vuestra madre. 

Don Juan. — Ah! conque jo podré decir alguna 
vez ¡madre mia! Pero.... y si 

P.Per. — Si, seguidnos sin vacilar, no nos enga~ 
fiamos, vos sois Don Juan Diaz de Sohs. . . . 

Don Juan. — Ah! una madre y Leonor 

Gracias Dios mió! 

P. Per. — Vamos. 

Don Juan. — Si, varaos! 

En este momento sale Zimri de la casa de Doña 



— 45 


juana y al pasar le dice Pero Perez con alegría ! 

P. Per. — Zímri! Mira al hijo de tu señor! (En- 
tran en la casa). 

ESCENA VIH 
Zímri. 

(El teatro se oscurece lentamente , las campanas íe- 
can á lo lejos la oración , oyéndose el eco de pifa 
nos y tambores). 

Cobarde moro! ¿Por qué no sepultaste tu puñal 

en el pecho del niño! No tuviste valor 

y lo dejaste en el bosque, creyendo que las 
fieras se encargarían de tu venganza, mas he 
aquí, que hoy aparece aquel uiüo converti- 
do en hombre, en un gallardo y orgulloso 
mancebo á quien tendrás que servir humil- 
demente, y la sombra de Jehú se levanta ir- 
ritada gritándote con furibunda voz; vén- 
game! ¡véngame! Ah! perdona herma- 

no mió! esa vida yo te la consagro y te per 
tenece, el hijo de tu verdugo morirá, Zimri 

te lo jura! Su venganza será como la 

déla serpiente Espera Jehú! Espera! 

(Salen soldados que encienden los faroles de 
la galería y Zímri entra o la casa). 

ESCENA IX, 

Leonor y Ximena. 

Xim. — Es necesario señora, que dominéis vues- 
tro pesar. 



— 4G 


León. — Habrá suerte mas cruel que la mía !. . 
Apenas don Juan se aparta de mi con el in- 
tento de alejarse de España, se que los Reyes 
Católicos me ordenan dar mí mano al odioso 
Fortun Sánchez de Avalos. . Razón tenia 
para mirar con horror á ese hombre. . . . 

Xim. — Pero aun no estáis casada con él. 

L:on. — Ni jamas seré sn esposa, prefiero los 
claustros de un convento. 

Xim . — La señora Duquesa tiene gran interés 
en esa unión porque ella la permitirá pre- 
sentarse de nuevo en la Corte, de donde es 
ta alejado hace diez años. 

León. — Y el pérfido Fortun ha sabido obte- 
ner de los Reyes la orden de mi enlace con 
él, acompañada del cese del destierro de la 
Corte a que condenaron á la viuda del Du- 
que de Medina Sidonia, por una injusta sos- 
pecha (Llora). 

Xim. — Cuanto diera señora por veros dichosa.. 
Permitidme que os haga presente que con 
abandonaros á la desesperación nada conse- 
guirás. 

León. — Y que puedo yo hacer triste de mi ! 

Xim . — Disimular. . Ganar tiempo y entretener 
á D, Fortun y á la señora Duquesa con pre- 
testos. De este moJo dais tiempo áque don 
Juan pueda elevarse y os haga su esposa. 

León. — Olvidas lo que es la voluntad de la Du- 
quesa cuando se propone una cosa. No tar- 
daré en verme llevada al pie del altar para 
dar raí mano á D. Fortun, y solo refugiando' 



— 47 — 


me en un claustro podré librar me de ser' 
perjura á mi amor y á lo que ofrecí aqui ha- 
ce poco á don Juan. 

Xim. — (Mira). La señora Duquesa y D. Fortun 
se acercan á este corredor ; disimulad se- 
ñora por el cielo. . . 

■ ESCENA X. 

Dichos, la Duquesa y Fortun. 

Duq . — Leonor ha preferido, venir hasta este si- 
tio á disfrutar de la calma de la noche á 
estar encerrada en nuestra reducida vi- 
vienda. 

Fort.— Pronto dejaremos las improvisadas ca- 
sas de madera de Santa Fé, en que hoy vi- 
vimos por acompañar á nuestros Reyes, pa- 
ra ir á disfrutar de las bellezas de los pala- 
cios granadinos. 

Duq.— Mucho me han celebrado las grandezas 
arábigas de la Alliambra y la hermosura de 
los jardines del Generalife 

Fort . — Dicen que son admirables. 

León. — (aparte á Xinicna) (¡Y don Juan que de- 
be venir!) 

Xim . — (Sí yo pudiera avisarle) (d Leonor). 

Duq . — Cumpliendo con el deseo de los reyes, 
tan luego como hayan tomado posesión de 
Granada y visitemos las maravillas moriscas 
que encierra, daremos vuelta para el casti- 
llo de Medina Sidonia ú flu de que se cele- 
bre vuestro eulace con Jjeonor, 



— 48 — 


Fort. — -Bien sabéis sefiora que anhelo el honor 
de llamarme vuestro hijo. 

Duq. — Yo también deseo que se realice en 
breve ese enlace, no solo porla honra de 
teneros por hijo; sino porque podré volver 
á ocupar cerca de los reves el lugar que me 
corresponde y del cual fui alejada injusta- 
mente por considerarme Don Fernando 
cómplice en la muerte de Rodrigo; pues á 
vos no pudieron probaros nada á causa del 
disfrazóle peregrino. 

Fort. — Empeñado el rey Don Fernando en pa- 
cificar el reino para realizar la conquista de 
Granada, usó con vos señora de una severi- 
dad que todos los amigos de la noble casa 
de Medina Sidonia, hemos deplorado. (Sale 
Don Juan). 

León. — (ü Ximena) (Cielos ! Don Juan llega.) 

Xim. — (Como avisarle ! Imposible.) 

ESCENA XL 
Dichos y D. Juais. 

Fort í — Hücia aquí viene un hidalgo. 

D. Juan — Leonor! Leonor! 

Duf-.—Á quién buscáis caballero? (separando las 
hojas). 

León. — (¡Dios mió!) Caballero. . . . 

D. Juan. — Señora. 

Duq. — A quién buscáis caballero? (con altivez). 
Aquí solo hay una Leonor y esa es mi hija 
á la que nadie osa llamar familiarmente. . * * 



— 49 — 


Fort. — Se habrá equivocado el hidalgo» 

D. Juan. — Perdonad señora, vine aqui buscan- 
do á una noble dama á quien amo hace años 
y juzgándola sola la llamé por su nombre; 
pero como lo que iba é decirle ó ella ahora 
en particular, ansiaba repetirselo en presen- 
cia de sus padres, doi gracias al cielo de que 
ésten presentes en este instante. 

Duq. — Hablad caballero. . . . 

Xitn. — [Que dirá). 

D. Juan — Sabed señora que hace seis años que 
amo con la idolatria y el respeto que merece 
á vuestra noble hija. . . . 

Fort . — ¡Insolente! 

D. Juan — Hace poco que conociendo la elevada, 
condición de la que amaba había decidido 
alejarme para siempre de ella; pero el cielo 
bondadoso ha permitido que unos fieles ser’ 
vidores de mi padre me reconocieran, de- 
volviéndome á mi familia, que es délas mas 
nobles y poderosas. Y pues la suerte ha que- 
rido que me escucharais llamarla, os ruego 
perdonéis mi imprudencia y me concedáis 
la mano de la que no dudo me aceptará por 
su esposo. 

Duq. — Oís doña Leonor lo que dice el hidalgo? 

J.eon. — Madre mia perdonad.... 

Duq. — Y bien decid ¿quien sois caballero? 

D. Juan — Señora soy 1 ). Juan Dial de Solis. 
Duq . — Que decís! 

León. — ¡Ah! 

Duq . — Desdichada! ¿como habéis podido olvida- 



— 50 — 


ros de quien sois, correspondiendo al amor 
del hijo del que mató á vuestro padre? 

León. — Os juro que lo ignoraba! 

D. Juan — ¡Que oigo gran Dios! 

Duq. — Venid.... (d Leonor) Alejaos caballero 
de esta casa. .. .Entre la vuestra y la de 
Medina Sídouia no puede existir mas que 
un odio eterno! vamos! (vanse) 

Don Juan queda confundido. 

D. Juan — Señora!. ... 

Duq. — Os lo repito: antes su muerte, que ser 
vuestra esposa. 

León. — Ah madre mia! 

Duq. — Partamos. 

D. Juan — La he perdido!. . . .infeliz! 


FIN DEL ACTO I. 



ACTO H. 


' * 

DECORACION. 


Salón ducal en el Castillo de Medina Sídonia ; á Id 
izquierda un balcón con cortinaje ; d la derecha 
dos puertas practicables. En el fondo un estrado 
con el trono 'ducal y d la derecha de este una 
puerta secreta. Él Salón estará adornado con 
retratos de guerreros y trofeos y amueblado con 
sillones y una mesa con un candelabro y en éste 
bujías encendidas. 

ESCENA I. 

La Duquesa y Fortun Sánchez de Avalos. 

Duq . — Cuatro meses corrieron desde la noche 
eu que el hijo de Rodrigo Diaz tuvo la auda- 
cia de pedirme la mano de Leonor, y apesar 
de mi deseo aun no se ha verificado vuestro 
enlace con ella, á causa de la grave enferme- 
dad que la acometiéra. 

Fort . — Doña Leonor se sorprendió tanto con 
el atrevimiento de Don Juan Diaz de Solis; 
que de resultas de la sorpresa aun padece. 

Duq . — Después creí que aquel mozo no estaba 



— 52 — 


en su juicio ; pues solo un demente podría 
haberme hecho tal petición. ¿ Acaso es posi- 
ble que mi hija sea la esposa del hijo del 
que mató á su padre ? 

Fort. — Según él mismo dijo hacía poco tiempo 
que descubriéra su origen, y no es por tal 
motivo estraño que ignorase el justo odio 
que profesáis á su casa. De otro modo su 
pretensión hubiera sido un insulto para tos, 
que yo habria vengado señora 

Duq. — Sois muy generoso procurando discul- 
par al de Solis: y sin embargo yo tengo 
pruebas de que su atrevimiento raya en lo- 
cura 

Fort. — Si os- dignáis decirme 

Duq. — Como el honor de mi casa debe intere- 
saros os prevendré, que el audaz caballero 
hace dias que ronda este Castillo, y aun le 
han oido cantar unas trovas bajo los balco- 
nes de Leonor 

Fort. — Ya Es decir que pretende ser mi 

rival? (con frialdad). 

Duq. — Ah! sino temiera al Bey Don Fernando 
que aun me tiene confinada por una razón 
de Estado yo haría que mis vasallos azotaran 
al insolente doncel, mandándolo colgar de 
una almena para que sirviera de pasto á las 
aves de rapiña! 

Fort. — Haríais muy mal señora; porque tal co- 
sa os atraería la enemistad de los Beyes y 
la ruina de vuestra casa. 

Duq . — Es lo cierto DonFortun, que los nobles 



— 53 — 


han dejado de ser señores de horca y cuchi- 
llo y han contribuido con sus lanzas y ba- 
llestas á la conquista de Granada, para que- 
dar siendo esclavos de la corona 

Fort . — Hay mucho de verdad'en lo que decís; 
pero sin embargo don Femando el Católico, 
ha creado un poder que vale masen ciertas 
ocasiones que los fueros de un señorío. . . . 

sabiéndose hacer uso de él ; con- inten - 

clon). 

Duq . — ¿Sin duda os referís al Santo Oficio, Ó 
sea Tribunal de la Inquisición, como otros 
le llaman? 

Fort . — Si por cierto; y creed señora que no 
hay nada mas formidable que ese tribuual 
cu} o brazo alcanza íi nobles y pecheros y el 
cual sabe penetrar en el interior de los pala- 
cios y de las cabañas y escudriña hasta las 
conciencias.... 

Duq . — En Castilla todavia no hemos visto fun- 
cionar á la Inquisición, aunque hace años que 
se estableció en Aragón, por eso no conozco 
bien lo que puede ese Tribunal. 

Fori . — Sabed señora que el Santo Oficio fun- 
ciona en Aragón desde 1484, y yo como hi- 
dalgo aragonés, he tenido ocasión de apre- 
ciar y conocer lo que vale y lo que puede. 
Figuraos que esc Tribunal procura tener fa- 
miliares ó adictos en todas partes y en todas 
las clases de la sociedad, y de ese modo lo- 
gra saber cuando quiere lo que pasa en el 
interior de un hogar. . , , 



— 54 — 


D uq . — Estraño espionaje. 

Fort . — Con él consigue la Inquisición que el 
señor sea vigilado por sus vasillos y estos 
lo son á su vez^por sus señores. 

D uq . — ¿Y con que fin? 

Fort . — Con el de purgar el Reino de hereges... 
Una denuncia basta para poner en movimien- 
to al Santo Oficio, que procura ejercer su au- 
toridad con prontitud y misterio, y aquella 
persona, sea ella noble ó plebeya, sobre la 
cual pese el anatema de la Inquisición, es 
tomada una noche al llegar á su casa, al sa- 
lir de un convite ó en su mismo lecho, por 
un grupo de familiares vestidos con el sayal 
y el capuchón de los penitentes negros, 
siendo conducida i un oscuro calabozo. . . 

D uq . — Y si resiste alguno ? 

Fort . — Una mordaza lo enmudece y un oscuro 
velo cubre sus ojos, que no vuelven á ver 
la luz del sol, sino para contemplar la hogue- 
ra en que termina el sentenciado por la In- 
quisición, á no ser que sea sepultado vivo. . 

J)uq . — i Me hacéis temblar ! 

Fort . — Mas temblaríais Duquesa de Medina 
Sidonia, si hubierais visto como yo los cala- 
bozos de la Inquisición; los potros y borce- 
guíes que sirven para dar tormento á los 
reos y el San-Benito conque deben vestirse 
al ir á la hoguera ! 

Dvq . — Terrible Tribunal debe ser ese. . . . 

Fort . — Lo es tanto, que habiendo sido creado 
por los Reyes, reservándose estos el dere- 



— 55 — 


cho de nombrar al gran inquisidor, es hoy 
mas fuerte que ellos, y aun los hace temblar 
también.... 

Duq . — ¿Y por qué no lo destruyen? 

Fort . — Porque no pueden. 

Duq . — Pues jo creo. ... 

Fort. — ( Interrumpiéndola .) Señora!..... Con la 
Inquisición, silencio ! 

Duq . — Pero. . . . 

Fort . — Ella lo Té y oye todo. . . . 

Duq .— No comprendo. . . . 

Fort — Teneis algún enemigo ? Deseáis desha- 
ceros de algún importuno que estorbe á 
vuestros planes de ambición? Ansiáis here- 
dar en vida algún pariente poderoso ? Qué- 
reis castigar la insolencia de algún vasallo ? 
Pues bien : haceos familiar de la Inquisición 
y acusadle de cualquier heregía, y el que 
denunciéis desaparecerá de repente sin de- 
jar rastro alg'uuo detrás de si. . . ... 

Duq . — Ah !. . . . Ya comprendo 

Fort . — Gracias á Dios señora que al fin com- 
prendéis. . . . ( Con mucha intención.) 

Duq . — Perdonad Don Fortun si ignorando vues- 
tro valer con la Inquisición. . . . 

Fort. — Silencio. . . . D. Fernando me ha honra- 
do confiándome la vijilancia de esta parte 
del Reino. Para impedir que los piratas ber- 
bériscos se pongan de acuerdo con los mo- 
ros recien subyugados y asolen las costas de 
esta Andalucía, ha puesto á mis órdenes, co- 
mo sabéis, todos los hombres de armas de 



— 56 — 


Sevilla, Xerez y San Roque. Con una. pa- 
labra dispongo de muchos soldados aguer- 
ridos; pero mi poder nada seria Duquesa si- 
no dispusiera también del poder del Santo 
Oficio. 

Duq. — Cumpliendo con la orden del rey os di 
señor el mando de mis gentes de armas; te- 
neis la llave de esa puerta que abre sobre 
la escalera que conduce á la capilla y como 
esta comunica con la población podéis pe- 
netrar á toda hora en la fortaleza sim im- 
pedimento, si algo mas necesitáis, avisad. . 

Fnrt. — Mucho me honra siempre vuestra con- 
fianza, y os ofrezco que sabré corresponder 
á ella castigando al que intente mancillar 
el honor de vuestra casa, como supe venga- 
ros (con intención). 

Duq. — Disponed como os parezca y conside- 
raos como dueño y señor de mi castillo. . . . 

Fort. — Si no fuera imprudencia quisiera me- 
recer la honra de saludar á doña Leonor.. . 

Duq. — Debeis disculpar su retraimiento, pues 
hace dias que no sale de sus aposentos á 
causa de su salud; pero voy yo misma A no- 
ticiarle que deseáis verla y pronto la po- 
dréis saludar, (vaso por la derecha). 

ESCENA II. 

Eortütí. 

El halcón se hará dueño del Castillo. El Cató- 



— 57 — 


íico Rey Don Fernando de Aragón está su- 
mamente interesado en que se realice mi 
enlace con la heredera de este feudo. Fi- 
nes de alta política inpulsan al Rey á procu- 
rar que sus aragoneses tengan poder é in- 
fluencia en Castilla para que de este modo 
la unión de ambas coronas sea cada vez mas 
sólida. Por mi parte confieso que á pesar de 
mis años la hermosura de doña Leonor in- 
teresa mi corazón; y hoy ademas por orgu- 
llo no desistiría de mi empeño en ser su es- 
poso aunque él me costara la vida A 

no dudarlo Don Juan Diaz de Solis es ama- 
do, bien claro me lo dijo lo ocurrido en 
Santa Fé, y esta idea me atormenta con el 
gusano roedor délos celos He queri- 

do indagar y hacerme de intelijencias en el 
Castillo del de Solis, donde cuento con el 
moro, recien bautizado, el cual, gracias á 
un buen caballo viene á Medina Adarme no- 
ticias; talvez estará en la capilla, pues orde- 
né á un escudero lo hiciera venir aqui. . 
Veamos. ... (Se acerca d la puerta secreta de 
junto al trono, la abre y toca suavemente un pi~ 
to de plata). Imprudente mancebo, Guay de 
tí, si intentas disputarme á Leonor. 

ESCENA III. 

Dicho yZimri en la puerta secreta. 

Fort. — Avanza. . . .¿Que tienes que comunicar- 
me? 



— 58 — 


Zim. — Señor. . . . Cumpliendo con vuestras ór- 
denes lie observado á Don Juan Diaz de So- 
lis y hace algunas horas le vi ordenar á su 
escudero le tuviera prontos los caballos, pues 
se proponía ver esta noche á Doña Leonor, 
con el fin de decidirla á que lo siga á su 
castillo, donde está todo pronto para su en- 
lace. 

Fort. — Estas cierto de lo que dices? 

Zim. — Tanto señor, que salí recatadamente y 
tomando en el bosque mi caballo vine 4 da- 
ros aviso. . . . 

Fort. — Bien; aguarda y llevarás al Prior de los 
agustinos un mensage. (Necesito prevenir 
al Santo Oficio) [aparte) 

Zim. — (Duda de mi) ( aparte ) 

Fort . — Moro ¿no te has equivocado? 

Zim. — Señor Bien sabéis que sirvo al 

Santo Oficio con la mayor decisión y leal- 
tad. 

Fort. — Ay de ti si asino lo hicieras! Pues aun- 
que te has bautizado conservas el turbante 
y no ignoras que sin mi protecciou figura- 
rías en el primer auto de fé 

Zim. — La capitulación de Granada ha conce- 
dido á los moros el uso de sutrage y aun la 
práctica de su religión, y yo me bautizó vo- 
luntariamente, aunque no me obligaban ¿ por 
que dudar de mi, Señor? 

Fort. — El turbante dice mal con el bautizo, y - 
* su uso es imprudencia en un cristiano 
nuevo. 



Zini. — -Señor, hijo del Africa, el turbante libró 
mi cabeza de los ardientes rayos del Sol y 
del abrasador soplo del Símoun del Desier- 
to, y antes que abandonarlo morirá, Zimri. 
... .No miréis la cabeza del moro, gran se- 
ñor, mirad su corazon ; en él está la verdad. 

Mi aviso es cierto 

Fort. — Aguarda, y si alguien llega ocúltate en 
la escalera (vuse por la derecha ) 

ESCENA lili. 

. Zimri. 

¡ El primer auto de fé ! No ignoro que ese es 
el fin que me destinas el dia en que no te 
sea necesario, pues así lian concluido en 

Aragón muchos de mis hermanos ¡Ah! 

Cristianos, raza cruel! Vosotros tiranizáis á 
los moros hoy, burlando la capitulación de 
Boabdil y les dais á elegir entre la muerte y 
el perjurio.... No contentos con obligar- 
los al bautizo, queréis despojarles de su tur- 
bante, y con tales medios pensáis arrancar 
de su alma el amor á Mahoma, y el odio que 
ós profesan hacerlo callar en su corazón! 
No! No! el moro os aborrece, calla y disi- 
mula anhelando vuestra ruina y como el es- 
clavo que mira por la espalda á su señor 
con el ojo hambriento del tigre, los millares 
de moros que viven ocultando con sonrisas 
sus iras y desesperación, desean venganza, 



— 60 — 


y sobre todo quieren ser hombres!. .'TT 
(Pausa) Oigo pasos (Mira) Es él. 

ESCENA V. 

Dichos y Don Fortun. 

Fort. — Toma. (Le dd un pliego). Conduce inme- 
diatamente este mensage á la villa y en- 
trégalo á Rui Gómez, Prior de San Agustín. 

Zim . — Sereís obedecido (vase por donde entró). 

ESCENA VI. 

Fortun, despüks la Duquesa, Leonor y 
Ximena. 

Fort . — No me inspira gran confianza este mo- 
ro ; pero es el único de los servidores de 
Diaz de Solis con quien puedo contar; pues 
siendo los demas vasallos cristianos viejos, 
hubiera sido locura fiarse de ninguno de 
ellos. A este lo hará fiel el temor de la ho- 
guera, aunque le falte buena voluntad. A 
qui llegan las castellanas. 

(Entran por la derecha la Duquesa y Leonor, 
esta apoyada en Ximena). 

Duq . — Mirad don Fortun á la enferma Cuando 
supo que deseabais verla se animó á salir 
de su aposento, para llegar hasta este salón. 

Fort . — Dias hace doña Leonor que soy hues- 



— 61 — 


ped del Castillo sin que haya logrado la di- 
cha de yeros. 

Lean . — Debeis haber sabido señor que aun es- 
toysufriendo de mi enfermedad, y por tanto 
no debió pareceros estraüo que permane- 
ciese sin salir de mis aposentos. 

Fort. — Ciertamente, pero considerad señora 
que á veces el cariño es receloso y como y o 
os amo, me han parecido siglos los dias que 
he pasado sin veros y sin oiros. 

Duq . — Teneis razón Don Fortun, en algo de lo 
que decis, pero es injusto vuestro recelo, 
pues Leonor os mira como ásu futuro es- 
poso, y os ama, aun que con el recato que 
coresponde á su nobleza y decoro. 

León. — (Ah ! que tormento ! (aparte). 

Fort . — Los R*y es Católicos esperan solamente 
que se efectúe nuestro enlace para demos- 
trar su real aprecio á la ilustre casa de Me- 
dina Sidonia, con importantes mercedes. 

Duq . — Yo ansio ese momento, para visitar la 
Córte de que estoy alejada hace tantos 
años. 

Xim . — (Animo y recordad que esta noche de- 
béis, verlo), (aparte á Leonor). 

León . — (Tiemblo por él), (ü Xímcna.) 

Fort . — Ño hace mucho que recibi un mensage 
en el que los Reyes me ordenaron vigilar la 
costa hasta la isla de León, afin de impedir 
que los piratas berberiscos invadan de 
acuerdo con algunos moros de los que mal 
sometidos conspiran, y en él Don Fernando 



— 62 


me pedia noticias de mi enlace 

Duq. — Le diréis á Su Alteza la causa de la de- 
mora 

Fort. — -Al comunicarle que todos los hombres 
de armas de este feudo los mandé con di- 
rección á San Lucar, dije á Su Alteza algo 
sobre el estado déla salud de doña Leonor. 

Duq. — Y eréis don Portun que los moros se 
atrevan ?. . 

Fort. — Por si acaso tengo que avisar ú varios 
nobles vecinos para que esten prevenidos ; 
pues recibí una denuncia dé planes piráti- 
cos. . . . 

León . — Cuanto sieuto señor que el mal estado 
de mi salud me haga faltar á los deberes de 
una cortesan a castellana. 

Fort — Estáis disculpada señora, y yo os ruego 
perdonéis el que os haya hecho dejar vues- 
tro retiro, solo por cumplir con el deseo que 
tenia de veros. 

Duq. — Puesto que debeis ocuparos en el mejor 
servicio de los Beyes, nos retiraremos, pues 
como observáis Leonor está todavia muy 
débil. 

Leon.-^- Iba ü pediros esa gracia. . . . 

(Se levantan todos.) 

Fort. — Siento que bayais dejado vuestro reti- 
ro, estando indispuesta; pero eso aumenta 
mi gratitud 

León . — Sé que sois un buen amigo de la casa 
de Medina Sidonia y que teneis derecho á 
mi estimación 



— 63 — 


Duq . — Vamos Ya os he dicho señor Don 

Fortuu que dispongáis como dueño de este 
Castillo, (con intención). 

Fort . — Permitidme que os acompañe. . . . (van- 
se todos). 


ESCENA VII. 

Doií Juan DiazdeSolis, (entra, por la puerta 

secreta). 

Gracias á la llave de esta puerta secreta, que 
me dió Ximena, puedo entrar en el interior 
de este Castillo. 

No debe tardar Ximena, pues vi distintamen- 
te en su ventana la luz que me sirve de se- 
ñal para poder llegar con seguridad á este 
salón. 


ESCENA VIII. 

Dicho, y Ximeiía. 

Xim . — Señor don Juan pronto anduvo vuesa 
merced en llegar aqui, pues hace pocos ins- 
tantes queme arrepeutide haberos avisado. 

Don Juan — Por que ? 

Xim . — Porque la Duquesa hizo venir á. mi seño- 
ra hasta aqui, por satisfacer el deseo que te- 
nia de verla, el impertinente don Eortun, y 
no tuye tiempo para retirar la luz de la ven- 
tana. 



— G4 — 


Don Juan — Oí murmullo de voces y aguardé 
que cesara todo rumor para abrir la puerta 
secreta. Pero di ¿ como está Leonor ? ¿ Yen- 
drá en breve aquí ? ¿Consentirá en seguir- 
me ? 

Xim. — Por el cielo señor ¿ como queréis que 
conteste á tantas preguntas á la vez ? 

Don Juan — Duelete de mi anhelo y habla. 

Xim . — Ya os dije que no hace mucho que fué 
obligada mi señora á oirías palabras de Don 
Fortun, y la violencia con que estuvo es- 
cuchándolo ha empeorado su salud. 

Donjuán — ¡Ira de Dios 1 Si alguna vez ese 
hidalgo se pone en mi camino, por el Cid, 
que mi espada procurará abrirse paso hasta 
su corazón, que es mui villauo tiranizar á una 
muger queriendo obligarla á lo que su cora- 
zón rechaza. 

Xim. — Yo creo señor, que aunque con grau di- 
ficultad por lo escaso de sus fuerzas, mi se- 
ñora os ha de seguir, pues ya es imposible 
que permanezca mas tiempo en este castillo 
teniendo que sufrir la persecución de Don 
Fortun y las tiránicas ecsigencias de la Du- 
quesa, que sin consideración alguna quiere 
obligarla á que dé en breve su mano al hi- 
dalgo aragonés. 

DonJuan — Una litera escoltada por un grau nú- 
morode mis leales vasallos capitaneados por 
el valiente escudero de mi padre, está pron- 
ta al fin de esta escalera y mis brazos tienen 
bastante vigor para conducir á la que amo 



fuera de su prisión. Yé, y dila que la a guari- 
do con ansiedad. 

Xim. — Iré al punto ; pero tened precaución, 
pues douFortum puede venir y sorprende- 
ros. 

D. Juan — Pierde cuidado, que no me han de 
sorprender. . . . (Vase Ximena). 

ESCENA IX. 

Don Juan, despües D. Fortun yun soldado. 

D. Juan — Una vez en mi castillo, la bendición 
del cielo y de mi madre harán mi esposa á 
Leonor, y entonces que vayan la Duquesa 
de Medina Sidonia y su protejido, donFortun 
Sánchez de Avalos á sacarla de allí. Mas al- 
guien llega, me ocultaré en este balcón. (Se 
oculta tras de las cortinas) 

Fort. — (i aparece con el soldado) Aqui tienes es- 
tos mensages. En el momento partirás en- 
tregándolos al Marques de Priego y al Conde 
de A.rcos.,Quiero que al salir el sol te encuen- 
tre cerca de tu destino. ( saluda el soldado y 
vase)¿ 

D. Juan — ( Oculto ) (¿Que planes tendrá el hidal- 
^ go?) 

Fort. — Todo lo tengo dispuesto y si esta no- 
che se atreve D. Juan Díaz de Solis á llegar 
cerca de este castillo, el Santo Oficio se en- 
cargará de sepultarlo para siempre en un 
oscuro calabozo, y yo podré ser dueño de 



— 66 — 


Leonor y aumentar mis riquezas y mi p oder 
con este señorío. 

D.Juan — ( Oculto ) (Que villano!) 

Fort . — Algunos fieles servidores están ocul- 
tos cerca del foso y al pie de los balcones 
de doña Leonor, por si intenta el de Solis 

algún escalamiento Voy yo también. 

A vigilar. (Vase por la derecha). 

ESCENA X. 

Don Juan. 

* 

El mal caballero piensa deshácerse detói, se- 
pultándome en los calabozos de la Inquisi- 
ción, modo seguro de librarse para siempre 
de un rival; pero se ha olvidado el aragonés 
que contra las mordazas y los San-Benitos 
del tremendo tribunal tienen los caballeros 
como yo su espada y su valor. Yole diré al 
mal nacido que intenta robarme tan villa- 
namente la que adoro, lo que vale Juan 
Díaz de Solis, sepultando mi acero en su ne- 
gro corazón; y esto Io*haré en cerrado palen- 
que y en presencia de los Reyes Católicos, 
que aun gracias al cielo no están del todo 

abolidas las leyes déla caballería No 

hay tiempo que perder, prevendré á Pero 
Perez haciéndola señal convenida para el 

caso de un peligro 

(Abre la puerta secreta y hace sonar clebilmen-* 
te su trompa A 



— 67 — 


ESCENA XI. 

' Dichos Leonor y Ximena 

(Leonor camina apoyada en Ximena demos- 
trando debilidad.). • 

Xim . — La señal Señora! Avanzad , 

Don Juan . — Un sueño cruel me parece al con- 
templarte Leonor y ver el cambio que en tí 
han operado los pesares. . . .Te miro y creo 
ver la sombra de aquella gallarda espa- 
ñola, que vi enagenado tantas veces en el 
prado del Rocío, allá en Lisboa. 

León . — Perdona amado mió el que no te mues- 
tre en este instante sino el aspecto del su- 
frimiento, á pesar de que el amor que abri- 
ga mi corazcn es tan grande como mi volun- 
tad. 

Don Juan . — Ya sé que todos tus pensamientos 
me pertenecen y que asi como la idea de 
llamarte mi esposa basta para alentar mi co- 
razón, el tuyo anhela’, también lo mismo. 

León . — ¿Acaso podría yo vivir sin tí? Triste fué 
mi juventud como W tuya; unió el destino 
nuestras almas desde la primer mirada y los 
obstáculos que solían opuesto á nuestra di- 
cha solo han servido para acrisolar nuestro 
amor. 

D. Juan — Los dias que nos aguardan serán mas 
felices, sígueme, los instantes son precio- 
sos; en mi castillo te espera la dicha. 

León. — Déjame que por última vez tienda una 



— 68 


mirada en torno de los lugares en que nací, 
y permite á la hija que se vé obligada á 
huir de los brazos de su madre se despida 
de ella con el alma, rogando al cielo la per- 
done su crueldad y la haga dichosa. . . . 

D. Juan — No vaciles 

( Leonor se aproxima á la puerta derecha y Don 
Juan abre la puerta secreta). 

León — Adiós madre mia. . . . Muy pronto derra- 
marás amargo llanto al recordar el ri- 
gor con que trataste á tu h ; ja, y aunque es 
inmenso el amor que profeso A Don Juan 
Diaz de Solis, no dejaría en el silencio de 
la noche el hogar de mis padres, sino fuera 
para huir de un enlace odioso. 

Xim. —Señora, valor, partamos. . . . 

Don Juan — Leonor, ven. 

León . — Te sigo esposo mió. 

(En este momento se abre una puerta y aparecen 
Don Fortun y los inquisidores. 

León. — Ahí qué veol 

Xim. — ¡Jesús nos valgal 

ESCENA XII. 

Dichos D. Fortun y los inquisidores. 

D. Juan — ¿Qué significa esto? ( Desenvaina la es* 
pada) 

Fort. — Significa imprudente doncel, que en el 
castillo de Medina Sidonia hay quien sepa 
impedir que una dama se olvide ciegamen- 



— 69 — 


te de su decoro, y quien sepa castigar á los 
atrevidos raptores de nobles doncellas! 

Don Juan. — Si no os tiembla el acero enlama- 
no avanzad mal caballero, qne apesar de los 
sayones que os acompañan os enseñaré lo 
que es un hidalgo de Castilla, comparado 
con un villano de Aragón! 

Fort . — A mi tal injuria! (Riñen, Leonor y Xime- 
na huyen). 

(D. Juan cierra con Fortun y le dd una es- 
tocada). 

Don Juan — Ten, villano ! 

Fort. — Ah! Soy muerto! ( cae sobre una rodilla 
y dice á los inquisidores). Cumplid vuestras 
ordenes! (Sacan puñales y avanzan los inquisi- 
dores queriendo cercar á D. Juan y este descri- 
biendo circidos con la espada los contiene). 

D. Juan. — Yiles instrumentos de la alevosía; 
secuaces de ese Tribunal oprobio de España; 
avanzad; que la espada de un caballero sa- 
brá castigaros, aunque se deshonre manchán- 
dose con vuestra sangre! 

Aparecen Pero Perez y soldados por la puerta 
secreta izquierda.. 

Fort. — Matadlo cobardes! (d los inquisidores). 
ESCENA XIII. 

Dichos, Pero Perez y soldados. 

P. Per. — Llegué á tiempo (Vive Dios! 

(Pero Perez y soldados caen sobre los inquisi- 
dores d estocadas }. 



— 70 — 


D. Juan . — Atrás miserables! 

Fort . — Ah! Maldición! (espira). 

P. Per . — El hijo vengó al padre; justicia de 
Dios! 


FIN DEL SEGUNDO ACTO. 



ACTO III 


DECORACION. 


El teatro representa la cubierta de la. carabela de 
Juan Díaz de Solis. A la izquierda el timón , la 
bitácora y encima un anteojo ó catalejo de larga 
vista; d la derecha el palo de mesana con las 
escalas y el mastelero de sobremesana ; en el 
fondo la borda del combés-, con una gran porta 
de recibo: horizonte, y en el estremo izquierdo 
el cerro de Montevideo. Es de noche al comenzar 
el acto. Y el dia aparece según indica la acción. 
Contra la borda del lado del timón un banco. 

ESCENA I. 

Francisco del Puerto, cerca del palo de mesana , 

Después Don Juan Díaz de Solis y Don 
' Francisco de Torres. 

Puerto — Poco falta para que termine mi cuarto 
de guardia y el maldito moro aun no regre* 
sa de tierra. . . . Como estuvo aqui en 1508 
«on Pinzón y Solis, comunicó entonces con 



— 72 — 


los indios charrúas y conoce á su cacique 
Zapican. El moro es quien nos ha servido 
para tantear el estado de los indios, los que 
se han mostrado pacificos y amigos.».. 
Ahora después de lo que Zimri convenga 
con el cacique veremos si logro cumplir «on 
mi comisión, satisfaciendo los deseos del 
Santo Oficio. Aqui llegan Solis y su segun- 
do Torres. (Se aprocsima tí la borda y Solis y 
Torres entran por el primer término de la iz- 
quierda y se sientan junto al timón.) 

SAis — Cada vez estoy mas contento de haber 
realizado este viage, pues las regiones de 
que vamos á tomar posesión para España son 
magnificas, y este gran rio es admirable. 

Tor . — Y estando los indios tan mansos y tan 
de paz como nos ha dicho Zimri, la toma de 
posesión podrá hacerse con todas las for- 
malidades que el Rey nuestro señor ordenó. 

Solis — El morofué el único que comunicó con 
los charrúas, cuando estuvimos aqui en 1508 
pues su color y hasta su trage le hacen sim- 
pático para los indios, y según él, Zapican y 
los suyos están de amistad. 

Tor .-— Yo deseo que vuesa merced tenga oca- 
sión de recorrer estas costas para que aban- 
done su negra meláncoíia. Diole Dios al 
hombre los pesares mezclados con las ale- 
grias, y. debemos procurar consolarnos hu- 
yendo de pensamientos tristes. 

D. Juan . — Habéis dicho bien don Francisco, el 
cielo nos dá talvez los bienes y los males 



en justa proporción; aunque asi no le parez- 
ca al hombre; por eso yo como buen cristia- 
no me resigno á vivir, sin que por ello pue- 
da jamas olvidar mis penas, desde que el 
Todo Poderoso me consérvala memoria pa- 
ra que las recuerde á cada instante. 

Tor . — Yo creí señor que durante los años trans- 
curridos y que habéis pasado en Portugal , y 
viajando, os habríais consolado un tanto, de 
la pérdida de doña Leonor. 

Don Juan. — Ah! no lo creáis! Jamas olvido á la 
que fué el encanto y la esperanza de mi ju- 
ventud; y hoy que los años y la esperiencia 
han madurado mi razón, comprendo cuanto 
valen para el hombre las afecciones de la 
familia. 

Tor . — Ciertamente que obtener una virtuosa 
compañera, madre de hijos que nos honren, 
es el mayor bien que podemos desear sobre 

la tierra Por eso mismo os reprocho 

el que no hayais fijado vuestra atención en 
alguna otra dama, ya que Dios no quiso que 
doña Leonor fuera vuestra. 

Don Juan . — Creed don Francisco que hay cier- 
tos corazones que no aman mas que una sola 
vez en la vida, y también ciertas almas que 
como la de Colon no pueden ser felices sino 
consagrándose á una gran idea. Almas asi, 
sufren la miseria, las injusticias y las perse- 
cuciones con resignación, como los prime- 
ros cristianos sufrían el martirio, sin dejar 
de amar por eso á la cruz. 



Tor . — Eso que decís señor don Juan es muy 
cierto, y lo vemos diariamente, aunque mu- 
chas veces sin comprenderlo ni apreciarlo. 

D. Juan — Si Colon no hubiera descubierto un 
Nuevo Mundo, yo habría ido á las misiones 
de Oriente ó á guerrear contra los turcos; 
pero encuentro tan grande y tan noble el 
llegar á países desconocidos y tomar pose- 
sión de ellos para llevar ¿i sus habitantes el 
cristianismo y los bienes déla civilización, 
que como sabéis, he dedicado á esta gran 
obra mi vida y mi fortuna. 

Tor. — Todos, en España os miran con respeto 
admirando vuestra virtud y valor, y Su Alte- 
za el Rey Don Fernando os ha dado mas de 
una vez pruebas de su estimación. 

D. Juan — Es cierto; pues sin su amparo hácia 
mí, la inquisición me habría emparedado, 
porque defendí mi vida luchando como ca- 
ballero y herí de muerte al asesino de mi 
padre, cosa que me obligó á retirarme á 
Portugal. 

Tor . — Y por Dios y mi ánima creo, que aunque 
el tal Fortun estuvo bien muerto, habríais 
hecho mal en volver á España sin ser llama- 
do y protegido por el Rey, pues la inquisi- 
ción os aborrece, y os habría hecho su víc- 
tima. 

D. Juan — Fortun Sánchez de Avales que era dél 
Santo Oficio, quiso robarme á Leonor sepul- 
tándome en un calabozo de la inquisición, y 
tal vez habría sido victima en el Castillo de 



— 75 — 


Medina Sidonia sin el auxilio de Pero Pere2$ 
jmas ayl el susto y congoja de aquella no- 
che agravaron la enfermedad de mi amada 
y poco después la per di para siempre. . . . 

Tor. — Que terrible tribunal es el de la Inqui- 
sición. . . . 

D.Juan — Ved ahí lo que es el mundo. . . .Una 
nación valiente y poderosa que logra des- 
pués de una lucha de ocho siglos arrojar de 
su suelo á los moriscos y reunir bajo un cetro 
las coronas de Castilla y Aragón; tiene hoy 
que sufrir, ver menoscabada su gloria y su 
grandeza por los errores y crímenes de ese 
negro tribunal peor que el de los diez de 
Venecia, . . . 

Tor. — No estraño señor D. Juan que os abor- 
rezca tanto la Inquisición, pues os habéis 
declarado su adversario. 

D. Juan — No será jamás el odio que me profesa 
el Santo Oficio mas grande que el que me 
inspira. 

Tor. — Si os parece comenzaremos á ocuparnos 
de los preparativos para la ceremonia de la 
toma de posesión. 

D. Juan — Decís bien. El dia se acerca, y ten- 
go mucho que disponer. Vamos á la cá- 
mara. ( Vanse por donde vinieron) 

ESCENA II. 

Puerto t después Zimri. 

(Puerto sale de detras del palo de mesana xj avan- 
za mirando para donde entró Solis.) 



— 76 — 


Puerto — Imprudente marino. ... Si tu supieras 
lo que puede la Inquisición no la habrias 
desafiado tantas veces con tus insultos. . . . 
Sin la protección del Rey un oscuro calabo- 
zo guardaría tu soberbia. ... El Santo Ofi- 
cio no pudo castigarte en España ; pero yo 
vengo aquí para impedir que vuelvas jamas 
á ella. . . . Para esto fui colocado de Alférez 
en tu carabela y tengo á mis ordenes á tu 
servidor Zímri, que es un hábil familiar. . . . 
Aqui está. (Zimri salta por cima déla borda 
después de oirse el ruido que hace un bote al 
chocar.) 

Zim. — Todo marcha bien. Con el pretesto de 
pescar tomé el bote y pude llegar con la os- 
curidad de la noche hasta la costa ; consi- 
guiendo ver á Zapican. . . 

Puerto — Y te hiciste entender ? 

Zim. — Ya sabéis que la otra vez cuando estuve 
aqui tuve trato con los indios, y parte por 
señas y parte con palabras me hago enten- 
der y los entiendo. 

Puerto — Y no desconfían de ti ? 

Zim. — No señor. El color- de mi rostro y mi 
trage hace que me miren como á un adivino 
y que me respeten. 

Puerto — ¿Y tu comisioD ? 

Z Un. — Zapican promete apoderarse de D. Juan 
Diaz de Solis y de todos los que lo acompa- 
ñen 

Puerto — Eso es. Entonces yo tomo el mando 
de esta carabela y zafando con la oscuridad 



— 77 


de la noche délos otros dos buques de la 
armada, que han quedado fondeados á gran 
distaucia, volveremos á España en donde 
daré cuenta al Santo Oficio del desempeño 
de mi comisión y haré que este recompense 
tu zelo. . . . (Emparedándote.^ ( aparte .) 

Zim. — Yo cumplo con mi deber. . . . 

Puerto. — (Se oye sonar el ultimo cuarto en la cam- 
pana.) Me retiro, pues mi cuarto de guardia 
acabó y no conviene que nos vean hablar. 
Vigila y acuérdate que si no cumples bien 

te aguardará en España una hoguera 

(Vase por la derecha segundo término.) 

ESCENA III. 


ZlMRI. 

Amenaza imbécil !. . El africano se vengará 
pronto de todos. .. Necio. . . ¿Crees, que 
cuando Zapican se haga dueño de Solis y 
de los insolentes caballeros que lo acompa- 
ñan, gracias á Zimri ; este será tan torpe 
que vuelva contigo á España para seguir 
siendo esclavo, ó talvez para que la Inquisi- 
ción sepulte con él en un calabozo el secres- 
to que le ha confiado. . . (Itie sorda y sardo * 
nlcamente.) 

Esta noche cuando no queden en la carabe- 
la sino algunos ignorantes marineros, clavaré 
mi puñal en el corazón del espia del Santo 
Oficio, y echaré su cuerpo al rio. Entonce# 



,78 


yo que soy práctico en la navegación de es-- 
tas aguas, tomaré el timón y dirigiré la ca- 
rabela de modo que salgamos al mar sin ser 
vistos por los otros barcos, y decidiré fácil- 
mente á todos á dar la vuelta para España. 
ETos me creerán y podré conducir el buque 
á las costas de Africa, y seré libre al fin!. . 
Si, allí el nombre de Zimri se hará famoso 
entre los corsarios berbériscos y tembla- 
ran los cristianos al oirlo pronunciar!... 
(amanece lentamente ). 

Ya comienza el diay deben dar principio los 

aprestos para la toma de posesión Yo 

ocupo el puesto de primer timonero, he de 
quedar aquí, Voy á proa (vase). 

(Sigue aclarando el día y se oye el pito del 
contra maestre, sintiéndose rumor á proa 
y un cañonazo de la bombarda). 

ESCENA IV. 

Marquina, Alarcon y Pero Perez. 

Marquina. — Mirad. . .Mirad y decidme si jamas 
habéis visto una perspectiva mas bella? 

Alare . — Es magnífica. 

P.Pe'r. — Por vida 'mia que me parece estar 
viendo al Rio Guadalquivir y á sus costas 
en la mañana de San Juan. 

Marquina , — Que playas tan limpias que 

frondosas arboledas; y entre los bosques 
cuan gran número de flores y de pájaros 
hermosísimos! 



79 


P. Per . — Sobre todo señor Marquina, que cié- 
lo tan claro y que aires tan puros . 

Alare . — Teneis razón señor escudero, pues hay 
países en América de una belleza que encan- 
ta y en los que sin embargo hallamos los 
europeos la muerte que nos da tu clima. 

P. Per. — No: pues lo que es aquí; yo creo que 
por el clima podríamos morirnos de viejos.. 

Marquina — Pero mirad aquel riachuelo. . . .No 
divisáis aquella canoa indiana que corta el 
agua como una flecha, impulsada por una 
espadilla de madera, que mueve el indio 
conductor? 

P. Per . — Ciértaménte que sí. 

Marq . — Sabéis lo que me parece este hermo- 
so y plateado rio, con sus serenas aguas y 
pintorescas orillas en que veo árboles con 
racimos de flores blancas, encarnadas y ama- 
rillas, á los que enlazan lianas y estrafias. 
enredaderas? 

Alare . — Os parece talvezun lago de Suiza? 

Marquina — No por cierto, esta es mas bella y 
mas grandiosa; me parece uno de aquellos 
admirables paisages que he visto en el Al- 
cázar de Madrid, pintados por el flamenco 
Van-D¡k; pues todo aquí presenta un color 
y una armouia tan sublimes; que la natura- 
leza parece adornada por el arte y despoja- 
da de lo áspero y grosero. 

P. Per . — Mucho me gusta este rio, y solo sien- 
to que 1 as otras carabelas hayan quedado 
fondeadas tan lejos de la nuestra; para qué 



80 — 


disfrutaran como nosotros de estas vistas. 
(Se oyen pífanos y tambores ). 

Marquina. — Ya comienzan los preparativos pa 
ra el desembarque. 

ESCENA Y. 

Dichos, Solis, Torres, Puerto, Zimri, marinos 
y Soldados. Estos con estandartes , y cruces de 
madera y vestidos con el coselete y casco; arma- 
dos con picas y espadas. Todos entran y forman 
sobre cubierta con orden. Los marinos usarán un 
saijo corto y birrete ó gorra de lana redondo. So- 
lis aparece con un pliego en la mano.) 

Solis — Híjodalgos, Oficiales del Rey, Soldados 
y hombres de mar : vosotros todos los que 
venís en esta armada por la voluntad de 
Dios y para el servicio de Su Alteza D. Fer- 
nando el Católico, Rey de España é Indias, 
ved lo que él ordena en la manera como de- 
be tomarse posesión de las tierras descu- 
biertas ; y para pública notoriedad oid : 
(Alarga el pliego á Marquina.) 

Marq. — Oid. (Leyendo) «La manera que habéis 
«de tener en el tomar la posesión de las 
«tierras é partes que descubrieredes, ha de 
«ser : que estando vos en la tierra ó parte 
«que descubrieredes, hagais ante escribano 
«publico y el mas número de testigos que 
«pudieredes, é los mas conocidos que hobie- 
«re, un acto de posesión en nuestro nombre, 
«cortando árboles é ramas é cavando é ha- 



— 81 


«ciendo sí hobiere disposición, algún pe- 
«queño edificio, é que sea en parte donde 
«haya algún cerro señalado ó árboles gran- 
«des ; é decir cuantas leguas está de la mar, 
«poco mas ó menos, é á que parte é que se- 
«ñas tiene; é hacer alli una horca é que al- 
«gunos pongan demanda ante vos ; é como 
«nuestro capitán é juez lo sentenciéis é de- 
«termineis de manera que en todo toméis 
«la dicha posesión ; la cual ha de ser por 
«aquella parte donde latomaredes é por to- 
ado su partido é provincia ó isla, é de ello 
«sacareis testimonio signado del dicho escri- 
«bano, en manera que faga fé. Fecho en 
«Mansilla.á los 24 dias del mes de noviem- 
«bre, 1514 años. — Yo el Rey.» 

Solis — Cumpliendo con lo ordenado por su Al- 
teza vamos á ir á la toma de posesión de la 
tierra que veis, y para ello os encargo ávos, 
mí segundo en la armada, capitán y piloto 
Don Francisco de Torres, el mando y cuida- 
do de ella, hasta que dé la vuelta, con la gra- 
cia de Dios; y á vos Alférez Real Don Pero 
Perez, os doy el mando y disciplina de los 
hombres de armas de esta carabela; reco- 
mendando á todos en nombre del Rey, núes 
tro Señor, obedezcan fielmente al capitán y 
piloto Don Francisco de Torres, que hará las 
veces de mi persona. 

P.Per . — (Voto ha! Como soy viejo, no me lle- 
va con él!) ( con sentimiento aparte .) 

Sohs — Vos, Alférez Don Francisco del Puerto, 

6 



— 82 — 


vendréis al mando de la guardia de desem- 
barco, acompañándome en unión del Factor 
Marquina y del Contador Alarcon. 

Puerto — (aparte) (¡Maldición! Me lleva con él!) 

(Abren la porta y descienden al parecer Solis, Mar- 
quina, Alarcon , Puerto y seis soldados; dos con- 
duciendo cruces y uno un estandarte ; los demas 
quedan formados sobre cubierta , y toca la músi- 
ca una marcha guerrera. 

ESCENA VI. 

Torres, Pero Perez, Zimri, Soldados y 
Marinos. 

Zim. — (El plan se frustró). (Aparte). 

Tor. — Tomaré el catalejo. ( Torres toma el anteojo ) 

P. Per. — Estoy de muy malhumor, porque don 
Juan, juzgándome viejo no ha querido lle- 
varme consigo. 

Tor. — No lo toméis á injuria; pues ya sabéis 
que según las noticias que trajo Zimri, no 
hay peligro que temer. 

P. Per. — Ya sé que me estima mucho mi señor, 
pero es cosa dura para un soldado viejo el 
que se le considere como á un páge. 

Zim. — (Si hubiera previsto este cambio me 
habria quedado con los indios) {aparte). 

Tor . — Está tan sereno el rio, que el bote con 
la latina se desliza sobre las plateadas aguas 
con la rapidez de una flecha. (Mira con el 
anteojo) Ya llegan á la costa. 



— 83 — 


P. Per . — Pronto fueron. 

Tor. — Cuasi sin necesidad del anteojo puede 
verse la ceremonia 

P. Per. — ¿Y estáis seguro que los indios no 
trataran de impedir el acto? 

Tor. — El moro ha dado todas las seguridades 
y espJicaciones necesarias. (Se oyen alaridos 
de indios , á lo lejos). 

Zim. — fSoy perdido!) (aparte acercándose á la 
borda). 

P. Per. — Esos gritos horribles? 

Tor. — (Mirando) Gran Dios! Que veo! 

P. Per. — ¿Que sucede? 

(Se oyen nuevos alaridos y los soldados mues- 
tran ansiedad y movimiento, mtmor etc.) 

Tor. — Ali! Una nube de indios se lanza de en- 
tre los montes y acomete á Don Juan y á su 
comitiva! {mas alaridos salvajes y tiros). 

P. Per. Ah! perro moro, nos has vendido! 

Tor . — Pelean y se defienden! 

P. Per . — Virgen del Carmen, sálvalos! 

Tor , — ¡Ah!, (alaridos de indios y mosquetería). 

P. Per . — Los vencen? 

Tor. — ¡Que horror! todos van ha perecer! 

P. Per . — Traidor muere! ( á Zímri desembalan- 
do la espada). 

Zin. — ¡Jehú, estas veDgado! (se arroja al rio). 

Tor . — Todos han muerto! 

P. Per . — ¡Y yo do fui con él! [Caen de rodillas 
Pero Pcrez y los soldados y marineros). 

Tor . — Soldados y marinos de esta armada, ro- 
gad á Dios por el alma del noble y generoso 



— 84 — 


Caballero Don Juan Díaz de Solis, y por las 
de aquellos que lo acompañaron, y demos la 
■vuelta para España! 

Se oye el pito del contramaestre y un disparo 
de cañón. La música mientras Torres decla- 
ma los versos tocará un aire fúnebre, suave- 
mente. 

Adiós Solis, marino generoso 
De alma grande, valiente y confiada, 

Tu quisistes humano y animoso 
No emplear los rigores y la espada 
Para vencer al indio belicoso, 

Y la vida perdiste en la cruzada: 

Por muchos siglos guardará la historia 
De tu trágico fin, triste memoria. 

Un diallegará, talvez lejano; 

En que los ecos del gigante rio 
Repetirán el nombre del hispano 
Que descubrirlo quiso con gran brio, 

Y entonces algún pueblo americano, 

Rico en ilustración y en poderio 
Honrará tu memoria dignamente. . . . 
¡Adiós Solis, descansa eternamente! 

Se oye un disparo de canon, al concluir Tor- 
res, y las voces de los marineros levando el 
ancla , y cae el telón. 


FIN* 




P R E C I O : 


US.. PESO NACI0U4I. 


Se baila de venta en lás Librerías Españolas 
óe*Rr.vL Y Prado en Montevideo y Buenos 
Aires, donde también se venden las siguientes 
obras del mismo "áut ml* 


S;a 


pp- 


, t obre el Bi^íiMla lo ^ ™ . 

H r % *sta «Je Irgislapírtíi y Jn- 
rispritdenria . publicada en 
Buenos Aires Priores .. •, 

Mac a Sf£:\s ‘"CE ? v A vr.:,s, ’ 

LOT Y Tp’ST' >Y 'Í V 


Iví CatoHeii^io y el 

en Ja América épl $id. . . < 1 *. 

D.errfo^ y Fawiíi^íasi, rimas. « ?•• v 

J.v-i Vine «leí A ire. eebecion de ar-